Una visita a la EXPO Milán 2015

Desde la primera Exposición Universal en en Londres, allá en 1851, los países se han transformado, evolucionado o incluso, se han detenido en el curso de la historia. Resulta interesante pensar que los pabellones fueron concebidos para resumir en un pequeño espacio, el poder económico que cada país poseía en ese momento: su desarrollo, industria e inventiva. Año tras año – ahora impulsado con el internet que ha desechado la idea original de las exposiciones universales por su inmediatez – se han condensado en ejercicios arquitectónicos que incluso se desdibujan en el campo de la instalación o el artefacto, llevando consigo una relación abstracta con la marca país.

La Exposición Universal de Milán trae consigo varios de estos ejercicios en su esplendor: Reino Unido pierde su condición de edificio para conversar sensorialmente con el usuario, modificando su voz y oído con vibraciones. Austria refugia en su frío exterior un pedazo de biodiversidad que no debería estar en el lugar, como un copy-paste de territorio propio en lo foráneo. Emiratos Árabes, en cambio, te induce entre dunas para mostrar cómo puede florecer una ciudad como Dubai en medio del desierto o Brasil, plantea una superficie tensada que conduce los movimientos de los otros hasta tus pies, hablando de cómo afectan las acciones de los demás en el habitante.

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