Una noche en Santa Fe de Antioquia

Uno de los últimos cadáveres de la colonia en suelo colombiano es Santa Fe de Antioquia, un pequeño poblado cercano a Medellín que revela entre sus calles rastros de esa vida que no lo dejan caer en esa asepsia de la cual están contagiados tantos centros históricos. Santa Fe aún respira y vibra, alejado de la estéril postal de la que tantos y tantos lugares hoy son mártires.  

 

Las ciudades se conocen en su honestidad solamente de noche. Es la reunión del agotamiento, la calma, el desvelo, la letanía de una prisa que no alcanzó, la oscuridad que galopa ante un crepúsculo inexistente (y que jamás existirá), o el fuego fatuo de alguna guaca bajo el falso reclinar de una ventana, los que crean esa agonía de un pueblo antes de irse a dormir. Es en la noche donde se espía a la vecina que ve la misa por la ventana, donde los amantes se dan cita, donde las fichas de dominó caen en el andén y los indisciplinados aún escapan a la tarea.

 

Santa Fe se desnuda como uno de sus habitantes antes de dormir, sofocado por el calor. Es un pequeño, pequeñísimo rincón donde germinó gran parte de la historia del país y que aún sigue, ahí, desconsolado a orillas del Río Cauca, donde no hacen falta mariposas amarillas ante la espera de la noche porque cuando los canarios terminen de dormir, solamente traerán la buena suerte.

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