Muchas veces en medio de una ciudad existen pequeños pedazos de historia que ignoramos o que prefieren ser ignorados. A veces, solamente basta con preguntar o leer un poco más para empezar a tejer un recorrido que nos lleve a esos vestigios casi invisibles que construyen ciudad, como la huella del letrero de Inravisión que queda en la pared de un parqueadero en la Calle 24 con carrera 6A.

Así, invisible, imperceptible.

Había regresado a Chiang Mai, luego de varios días en ese resort sobrevalorado de mochileros llamado Pai (del cual tengo que hablar pronto) para descansar unas horas antes de tomar el tren a las ruinas de Ayuttaya. Durante mi primera estancia aquí – y después de grabar este video – alguien se me acercó para hablarme de los lugares sagrados de Chiang Mai, de la montaña Doi Suthep y de uno de los templos que está al pie, en medio del bosque, pero accesible desde la ciudad: Wat Umong.

El asunto fue fácil: guardar mi maleta de viaje, rentar una bicicleta y visitar el templo, que literalmente está custiodiado por el bosque en todo el borde oeste de la ciudad. Hice una breve parada en Wat Suan Dok, un templo construido en 1390 que guarda en su dorado chedi (estructura cónica sagrada) una reliquia de Buda y para colmo de males, es un cementerio de todas las familias reales del Reino de Chiang Mai. Una breve parada para hidratarme y seguir hacia la montaña.

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Entrada a Wat Umong.

Recordé que en mi conversación días atrás, este chiangmayense (como pudiese ser, no sé) me comentaba que Umong era un templo particularmente extraño ya que pareciera estar bendecido por la creación divina: inmediatamente se entra a él, es un remanso de animales, naturaleza y paz que los mismos monjes han conservado durante siglos en completo resguardo del resto de la urbe. Es así como los monjes ofrecen incluso un servicio de hospedaje para todas las personas que deseen quedarse unos días aquí a meditar y el cual es relativamente fácil de acceder ya que hay un par de monjes que saben inglés. Por mi parte pues, ateo y todo, soy una de esas personas que piensa que hacer yoga es como dormir despierto y me da pereza, pero confieso que me causó morbo de turista el poder conocer el templo y como ha podido seguir intacto en 700 años de historia.

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La entrada no podía ser diferente: bosque, moho, árboles. Si pensaba encontrar una estructura prolija, aquí no se podía ver la pulcritud que un templo típico de Tailandia ofrece ya que pareciera que lo auténtico de este lugar es la desinteresada simbiosis con la naturaleza, más allá de la limpieza que pudiese tener un recinto sagrado budista donde el blanco es más blanco. A medida que se acerca al chedi principal, el bosque empieza a revelar vestigios de estatuas destruidas, de restos de budas descabezados y bustos abandonados que para muchos es basura, pero aquí encuentran lugar.

“Umong” significa túnel en tailandés. Es precisamente esta la magia de la estructura del templo: básicamente es una red de túneles dentro de la tierra, en una colina tallada por la mano del hombre, que data del siglo XIII y que a pesar de haber perdido muchas de las pinturas originales de sus paredes, aún conserva su halo de misterio y desconexión urbana que siempre ha tenido, desde épocas del reino.  Son túneles oscuros, evidentemente húmedos y con olores fuertes producto de la cantidad de animales que se refugian aquí a toda hora del día.

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Todo el tiempo en el que se está entre sus túneles o recorriendo sus senderos, se tiene la sensación que se está siendo observado. No es para más, dicen que el templo es custodiado por espíritus, refugiados en los árboles, que incluso conversan con el que quieren oír (algo así como tomar yahé pero con menos drama). Los árboles son tan sagrados como los animales y algunos tienen frases que se supone que llevan a la iluminación de quien las lee.

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Sin embargo, en medio del recorrido, me senté en uno de los comedores a simplemente ver y pensar. Tenía en mi bicicleta una ofrenda, (que por recomendación de la persona que me habló del templo debía comprar) como presente para los monjes que habitan el complejo. En eso, -sabrá quién sabe cómo-, apareció un monje sentado al otro lado de la mesa, preguntándome sí tenía alguna pregunta sobre el templo. Después del colombiano susto, evidentemente le pregunté dónde podía dejar la ofrenda que había comprado. El monje se levantó de la mesa y me hizo una seña que lo siguiera.

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Una pequeña petición.

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Entré a un gran salón, donde había agua, un cuenco y evidentemente un Buda. Ahí, me hizo sentarme para hacerme una pregunta de rigor.

¿Crees en algo?

— “No“, respondí.

Entonces crees en alguien.

El monje me pidió cerrar los ojos y que pensara fuertemente en las personas que yo amaba.  Tomó el agua y la fue vertiendo en el cuenco al ritmo que entonaba una canción o una oración: en este punto el man podía estarme echando tres de Giovanny Ayala en sánscrito que no le iba a entender.

Ahora bebe“, me comentó mientras me daba el cuenco en mis manos. “Quiero que cuando tomes el agua, pienses en cualquier mal que le has causado a esas personas”. Ahora que lo pienso, este ritual tenía tintes psicoanalistas. Hice todo tal cual como él me lo había pedido. Cerré los ojos después de eso y me quedé un muy bien rato medio abstraído en mis pensamientos sin dejar de llamarme la atención que era la primera vez que una religión me pedía pensar en los otros antes que en mí.

Al abrir los ojos el monje ya no estaba, como si el man hubiera ensayado la escena de la película de Tomb Raider; uno de esos trucos de magia chéveres, como multiplicar panes o ir al cielo en caballo. Sin embargo pues, tampoco es que fuese el gran truco, ya que estaba afuera, en una mesa, esperándome. Habían pasado 30 minutos y no me había dado cuenta, ratificando eso que meditar es como dormir despierto. Un te después, y terminamos conversando de Colombia, de mi familia, del viaje, ambos cagados de la risa. Después hablamos del templo, de cómo alimentaban a los peces y a los ciervos que a veces bajaban de la montaña para estar unas horas recorriendo sus senderos. “Es algo normal, desde hace siglos siempre bajan”, dice. “Es como si no les importara la ciudad o la ignoraran”.

Un adiós, ofrenda entregada y rumbo a la estación de trenes.

Desde el siglo XIII existe este templo y creo, existirá por muchísimos más años. No es la edificación en sí lo que ha transformado este lugar en un vestigio único dentro de la estructura de la ciudad, sino lo que el tiempo ha dejado caer sobre el templo y cómo su entorno se ha apoderado y desvencijado todo aquello que pudiese ser pulcro. Existe una modestia en el lugar que lo hace relevante y único, incluso, apoderándose de la basura para hacer que la naturaleza la haga parte de sí.

Es el desinterés por ser trascendental lo que ha hecho que Wat Umong lo sea. Es el desenfado por ser relevante, lo que hace que sea relevante.

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Para no olvidar:

Chiang Mai era la capital del reino de Lanna. Es por eso que contiene varios templos únicos en Tailandia que se separan de los estilos Angkor y Siam. No olvidar el Wat Chedi Luang o el Wat Chiang Man. Como todo templo budista, hay que ir con los hombros cubiertos y nada de shorts. Menos exhibir un tatuaje de Buda.

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