Existe una relación estrecha para mi entre disfrutar de mi viaje y poder entablar conversaciones.

Es el ocio más activo que existe: sí, estás batallando con hacerte entender en otro idioma, con los horarios de trenes, con los maleducados, con la inexistencia de nomenclatura que hacen del viaje un desafío. Viajar es un desafío. Por eso, me emputa un tanto cuando venden esa idea plana que “viajar es fácil”. No, viajar no es fácil, pero es gratificante. Aprendes a defenderte en escenarios agrestes y obtienes tu recompensa. Justamente son las duras experiencias las que hacen que cobren tanto valor las buenas.

No me extraña tanto que en el muro de viajes de mi casa hayan tantas etiquetas de birras. Más que decir que probé tal o esta cerveza, es la historia detrás de ellas. Se vuelven como pequeños souvenirs de grandes experiencias, de fiestas, de partidos de fútbol, de peleas, de noches de baile, de fogatas, de libros. El denominador común de cada país, entre tantas culturas, religiones, etnias y razas; y como diría Homero Simpson, es la causa y la solución a todos los problemas de la vida: cerveza.

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Valdivia, por ejemplo. Allá en el 2008, apenas en mi segundo viaje como mochilero paré en este casi austral poblado chileno e hice de los que hasta el son de hoy, son amigos que me han acompañado. Probé el crudo: un plato que los inmigrantes alemanes trajeron hecho de carne molida cruda (pues duh) con limón y aceite. O en Venezuela me bañé, literalmente, en una de esas fiestas llamadas “cervezadas”, celebración del recién graduado. Una tradición que se extiende ahora por todo el país. Duré unas nueve horas cagado de la risa, totalmente mojado pero sobre todo, feliz.

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Claro que he disfrutado de la cerveza solo. En Praga, por ejemplo, visité U Zlateho Tygra. Un bar a la orilla de una calle peatonal en cuyo pórtico hay un felino dorado casi babilónico, que despierta curiosidad a la primera impresión. Recuerdo que en este bar, simplemente me senté en la mesa y de inmediato una jarra llegó a la mesa. No, no hay protocolo ni viejas con tetas preguntando si quieres algo de tomar. Ni mierda: usted llegó aquí por una y solo una razón.

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En parte eso es lo que me gusta de la cerveza: te pone directamente en una postura. No insinúa nada, no es un acertijo a descifrar como el vino que no sabes si una invitación es cantada de gallo al amanecer o una conversación sobre Amelié. No. La cerveza es directa.

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Ko Tao, aquella isla rocosa en el mar de la China Meridional en Tailandia, tiene lo que es de las peores: fue justamente bebiendo cerveza que terminé desnudo en el mar peleando con amigos. Bueno, una pelea de esas de pendejos, nada serio. Esa noche perdí 120 dólares. A la mañana siguiente, teniendo ridículas esperanzas de encontrar mi billetera, supe de dónde la había perdido por las tres botellas ébano en la arena. Las recogí y les di santo entierro en la caneca. En parte, a pesar de ese desafortunado evento lo que importó fue la amistad que nació después de eso.

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¡Y la comida! Aquí debo hacer una pausa y cantar al unísono. M É X I C O. No existe nada similar a la comida mexicana. No se sabe lo que es una buena orden de tacos hasta que llegas aquí. No sabe lo que es comerse una gringa sin el albur. Y lo mejor, es que la comida mexicana no es lo suficientemente buena sin la compañía de la cerveza. Son la pareja perfecta. Lo uno sin lo otro no es nada. Recuerdo la primera vez que me senté a comer una orden de tacos: no sabía nada al respecto, solo veía el torno girar y la nevera con las filas de cerveza dentro. No fue sino mirar el panel para saber qué pedir. No me arrepiento de nada: mi primera orden de tacos con cerveza fue tan perfecta combinación, que es la que pido siempre cuando paro en el país azteca.

Por ahora, no sé que más decir, más allá que todos los que me conocen, saben que para una conversación conmigo siempre habrá una birra de por medio. Puede que los besos los niegue, pero una cerveza no se le niega a nadie.

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