Había llegado hace unos días a Sucre aún con la compañía de aquél relato. Luego de despertar de una ligera resaca por probar absenta, una amiga donde me estaba hospedando preguntó qué planes tenía para hacer en la capital no-capital de Bolivia.

— Gonchi, si quiere vamos a conocer el castillo de La Glorieta.

¿Un castillo? Si, un castillo y un castillo de verdad (no un fuerte que es considerado un castillo o el montaje de cartón de Disney). Obviamente la intriga pudo más que el guayabo tan tenaz: agarré cámara y morral, nos montamos en un pequeño bus de esos importados de Japón y al cabo de unos minutos después de salir de la ciudad, se avistaron la distancia las dos torres rosadas de la singular construcción.

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Contrario a lo que muchos puedan pensar, en América Latina fueron varios los que tuvieron sueños europeos de poseer una corona en sus cabezas. Si bien, algunos llegaron a reinar como es el caso de Pedro II de Brasil, Jacobo I de Haití o de Maximiliano I de México, otros afortunados no tuvieron la dicha de poseer territorios debido a que, bueno, se les consideraba locos: que más locura que una corona en estos países inviables, coño. Sin embargo, la historia del Principado de La Glorieta no tiene que nada que ver con pretensiones al trono, ni con gobernar amplios territorios.

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El árido suelo en el que se asienta el castillo es casi una metáfora cuando se comienza a conocer más a fondo la triste historia del lugar. Un hombre de algo de edad nos recibe en la entrada, al lado de una estatua en bronce que está justo en la escalinata para comenzar a describirnos lo que sucedió en esas paredes, tan confusas de estilos arquitectónicos como de hechos. Bienvenidos a American Horror Story: Bolivia.

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Verán, por allá en los años cuando el tirano mandó, una pareja que había amasado dinero con las ricas minas bolivianas, decidieron construir su residencia: un enorme palacio que como pueden ver, reunía los mejores ejemplos de arquitectura morisca, barroca y renacentista. Al parecer, la dueña y señora era una de esas amas de casa locas que tenía 70 revistas de decoración y le comentaba al arquitecto que quería todo lo que tenía señalado en post-it. Entonces el pobre man, lidiaba con un montón de fotografías de diversos estilos de palacios porque arquitecto que se respete, termina perreándole a la clienta.

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La pareja era conformada por Francisco Argandoña Revilla y Clotilde Urioste Velasco, de apellidos impronunciables y por lo tanto, con plata. En este castillo decidieron albergar a niños huérfanos como los Brat Pitt y Angelina Jolie de la época, con la excepción que esta peculiar pareja no podía tener hijos. Clotilde al parecer, siempre se sintió dolida por su infertilidad y fue aquel el motivo de hacer este gran acto benéfico, además de tener una enorme colección de muñecas que atesoraba en demasía, como si fuesen las hijas que no pudo tener.

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Al empezar a recorrer el castillo, son notable dos espacios por su particular belleza: el Salón del Bien, decorado con ángeles y querubines donde la princesa se la pasaba frecuentemente con sus muñecas y el Salón del Mal, decorado con sátiros, demonios y perros, favorito del príncipe. Ni a Claire Underwood se le hubiera ocurrido semejante elegancia. El guía nos cuenta que hace pocas semanas, un visitante quedó solo en este salón tomando fotografías cuando pudo ver una figura demoníaca, de cachos y barbas, asomándose por una de las ventanas. Para mi eso sonaba a que vio algun bailarín de esos típicos de por allá. “Es un cuarto con historia, era el favorito del príncipe pero es a la vez, de los más odiados” cuenta, mientras continúa hablando de los duendes que desordenaban las cosas y de los llantos de los niños que solamente se pueden oír en este cuarto por las noches. Yo estaba tan asustado como usted querido lector, viendo Los Teletubbies.

Pánico.

Terror.

Cachos bolivianos.

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Es inevitable imaginarse al arquitecto del castillo desbaratándose la cabeza en diseñar una casa con lujo de detalles para los 109 niños que terminaron viviendo aquí, incluso terminó construyéndose su propio estudio debido a la cantidad de trabajo que había por hacer. Justamente hay dos pinturas donde se les ve rodeados de niños y al lado, otra que engloba por completo la explicación del porqué terminó siendo Don Francisco un príncipe: el Papa León XIII sentado, otorgándole el título de Príncipe de la Glorieta a Don Francisco en el año 1898 debido a su acción benéfica por darle hogar a estos niños desamparados. Sí, el Papa en ese entonces fue el responsable de oficializar un “trono” para alguien que tal vez ni pretendía tenerlo, contrario a la cantidad de locos latinoamericanos que se habían esforzado en montar algún reino de cartón todo gracias, a una acción benéfica.

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Los pasillos del castillo son tristes y fríos, muy a pesar de saber que en algún momento, estaban llenos de niños con goma de mascar en el pelo. Para acceder a los otros pisos, hay una hermosa escalinata con un espejo roto, augurio de siete años de mala suerte para el desafortunado que lo quebró o tal vez, para el mismo castillo. Verán, en 1909 el Príncipe Francisco falleció y su esposa, emulando sin querer el destino de tantas con el título de princesa (porque sangre real que se respete, cuando enviuda se vuelve loca), terminó pasando los últimos años de su vida entre encerrada en su torre y otras acciones benéficas fortuitas. No sé ni donde meaba porque le busqué el baño a la torre y nada.

Muertos los príncipes, el orfanato pasó al olvido, los niños fueron echados a la calle (se presume, algunos se suicidaron) y aparecieron herederos y saqueadores que desmantelaron todo.

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El guía explica que la grieta en el espejo fue producida por un soldado que vio el fantasma de la princesa una fría noche de los 60, luego que el castillo fuera vendido al Ministerio de Defensa. El pobre cabo pensando que era un intruso, golpeó con la cantonera del rifle al espectro no sin antes seguir derecho para darle al espejo. Hacer vigilia en la glorieta era todo un desafío para los soldados ya que de noche se oían los niños jugando en las habitaciones, duendes que desordenaban las cosas en la bodega. Muchos aparte reportan ver a la princesa peinando sus muñecas en lo alto de su torre o merodeando la bodega, otrora sitial de finos vinos y el espacio que creo, es el más pesado y difícil de estar.

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Luego de visitar la torre del príncipe, apretada debido a la corta estatura de Don Francisco, en cierto momento quedamos solos y fuimos al estudio del arquitecto. Mientras enfocaba la cámara para tomar la foto de los rayones en la pared, mi amiga vio como un anciano canoso se asomaba en el vidrio desde la pantalla de su cámara. Al momento, pegó un grito y salió espantada hacia los pasillos del palacete. Obviamente vino el abrazo, el calmante, el típico vaso de agua anti-fantasmas, mis ojos girando y el protocolo para tranquilizar la situación. El guardia y guía nos comenta que sí, a pesar de ser extraño, suele aparecer un espanto en esa fría habitación. Nos dice que el lugar durante la época de Liceo Militar, también se prestaba para situaciones poco correctas y que terminaron por desgraciar más el lúgubre testamento arquitectónico del castillo. “Se terminaron de llevar lo que quedaba” comenta, haciendo referencia a los militares que solamente dejaron una silla en la capilla, lo único que queda de toda la decoración original.

Un militar ladrón, qué sorpresa.

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Ya calmada ella, en recepción y firmando el libro de visitas, nos muestran un álbum con imágenes de todos los involucrados con el castillo. Mientras firmaba en los pálidos renglones de aquél libro, mi amiga se quedó pasmada al pasar las páginas del álbum y toparse con la imagen del hombre canoso que había visto minutos antes, mirándola fijamente.

— “Es el arquitecto del castillo”, dice la recepcionista. Inclinó la cara y dibujó una sonrisa urdidora, de esas que se hacen sin despegar los labios. Yo no estaba cagado del susto, pero entiendo que no hay nada más aterrador que un anciano arquitecto. Esos sí que joden.

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Pd. Gonchi* es de los pocos apodos que tengo. Para poder ingresar a la feria de Sucre en ese mismo viaje, me tocó hacerme pasar por un tal “Gonzalo” y durante toda la noche me tocaba responder al sobrenombre de Gonchi. No, no da miedo pero valía la pena aclarar.

8 comentarios en “American Horror Story: Bolivia

    • Pues ojalá que no. No creo. No se que obra de beneficencia pueda hacer un traqueto. Lo más posible es que Francisco le de el título de princesa a la Jolie.

      Gracias por la visita 😀

  1. No supe si fueron las ayudas visuales o la historia tan escalofriantemente bien contada…pero me dieron ganas de conocer el castillo. Esta extraña fascinación por los castillos debe ayudar.

    Que buen relato y el sobrenombre de ‘Gonchi’ está hasta “cuco” hahaha

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