Entre la selva de Guatemala, se esconde el que posiblemente sea el mejor tesoro arqueológico de Latinoamérica: Tikal.

Mi primer viaje fuera del país tuvo un gesto de improvisación que me marcó para siempre, cada vez que tomo la maleta y arrastro mi mundo a cuestas como cualquier tortuga lo haría. Recuerdo muy bien que estaba en El Salvador por ese entonces y había un sueño de niño, de esos que no son fáciles de expiar: conocer Tikal. Cuando tenía 7 u 8 años, vivía fascinado con una enciclopedia que me regalaron y que contenía unas visiones fantásticas de ciudades mayas ostentosas, que parecían retar cualquier rastro de cordura.

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Llegué a Ciudad de Guatemala a eso de las 6 de la tarde, dejé mi equipaje y, ya que tenia solo dos días para estar en el país, salí esa misma noche vía terrestre hasta el norteño departamento de Petén, el mismo cuyo suelo soportó durante siglos el paso del ingenio maya y conoció la forja de su imperio. Pasé por la ciudad de Santa Elena, luego por la isla de Flores y, desde ahí, mirando el amanecer en el lago Petén Itzá, una pequeña camioneta me llevó a las puertas de Tikal. Es ahí donde comienza el reto: debes ser un buen caminador, pues tienes aproximadamente diez horas para conocer el complejo y, aún así, es posible perderse de una que otra pirámide.

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Tikal es un asentamiento enorme enclavado en las entrañas de la jungla dispuesto para ser descubierto siempre como si fuera la primera vez. Me armé de un mapa del complejo (no es necesario el guía), agua, valor y comencé a saltar sobre las raíces de los árboles, últimos centinelas en pie que custodian la milenaria ciudad. Paso a paso llegas a claros en el bosque donde pequeñas pirámides (que se me hicieron gigantes cuando las vi por primera vez) abren el paladar del buen viajero y ofrecen en ricas tallas en la piedra una lección de historia que supera lo visto años atrás en los libros de historia de la civilización.

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Recorrer Tikal me hizo volver a ser niño. Empiezas a subir y bajar cientos de escaleras, a darle vueltas a cada estructura tratando de descubrir cosas que nadie ha visto o que crees que nadie ha descubierto. Y, por doquier, la imagen se repite: gente de todas las edades jugando a ser niños de nuevo, peleando con los mosquitos, redescubriendo lo aprendido y sorprendiéndose cuando, en medio de la jungla, los monos aulladores y jaguares se trepan por los árboles dejando ver como si fuéramos los originales herederos de las ancestrales ruinas.

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Un claro en el bosque y sorpresas a la vuelta de la esquina. El Gran Jaguar emerge entre un atrio de hojas y árboles enfrentándose galante al cielo con sus 55 metros de altura dando marco a la ciudadela central, que también está custodiada por el Templo II, al que se puede subir sin problema. Ahí, inmediatamente caí en la cuenta de la territorialidad de los mayas, que también entendían que para ejercer poder había que crear regocijo y congregación, temor y exaltación.

Pasan las horas mientras se recorren las laberínticas ruinas que hoy sirven de lienzo para unos cuantos rayones dejados por nuestros contemporáneos, en un afán de querer perpetuar su existencia bajo el respaldo enorme que representa estar estampado en las paredes de Tikal. El vandalismo de hoy podría ser la arqueología del mañana.

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Sin embargo, el niño interior siempre quiere descubrir más y goza de un vigor que resulta difícil de comprender. Tal vez sea la emoción de conocer un lugar épico la que termina generando una energía que me mantuvo alerta todo el tiempo y me llevó a escalar las dos estructuras más altas del complejo, un monstruo que vive en simbiosis eterna con su entorno: se devora la selva y la selva se lo devora a él. Es difícil comprender la magnitud de esta proeza de la humanidad si solo la observas desde la base. Hay que llegar a la cima en una peregrinación que lleva a 70 metros por encima del suelo y que ofrece como recompensa la mejor vista de todo el complejo y mejores efectos de sonido que los que ningún documental pueda ofrecer, el silencio es reinventado gracias a los aullidos de los monos que llenan el espacio ocupado por los mayas hace 500 años.

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La misma sensación se tiene desde el Templo V, con el agravante de que subirlo es un reto para cualquier niño inquieto: su escalera intimida; de hecho, es considerada como una de las más empinadas y peligrosas del mundo. Aclaro que el visitante no sube la escalera original en piedra sino una de madera puesta especialmente para los visitantes que igual no deja de causar vértigo en cada peldaño.

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Sin duda, la fantasía de cualquier niño es completar cualquier reto que se le impone. Tikal es la materialización de ese reto: desde arriba, mientras veía como el cielo era retado por el ingenio de los antepasados no dejé de imaginarme como debía ser Tikal en sus tiempos de gloria con esos imponentes dinteles coloridos siendo telón de fondo de actos macabros como el sacrificio de los jugadores de pelota que encontraban la muerte al ser arrojados en el Templo V. Ante esas imágenes, es inevitable bajar la mirada hacia el suelo e imaginar el cruel espectáculo; luego, de vuelta al presente, giras la cabeza y ves una pareja de ancianos cuyas piernas exhiben una docena de picaduras de mosquitos pero que conservan dibujada en el rostro la picardía de unos niños que habían logrado su reto. Bajo el silencio del paisaje sonoro que ofrece Petén, el sol llega a su sacrificio en el horizonte y una tormenta distante pero amenazante se dibuja. Es allí cuando la simbiosis que representa aquel momento se revela: el hombre siendo arqueólogo de vestigios en la selva y la selva siendo arqueóloga de los recuerdos del hombre.

Para no olvidar:

Para llegar a Tikal hay que programarse con tiempo. De Ciudad de Guatemala puede tomar buses hacia Flores, una pequeña isla donde se descansa, al menos, una noche. También, si lo desea, puede tomar un avión al cercano Aeropuerto Internacional del Mundo Maya (FRS) en la ciudad de Santa Elena, a la orilla del lago.

Muchas camionetas, negociables, salen de Santa Elena hacia Tikal. Pueden pactar ida-regreso, pero es recomendable negociar el último estando una vez en Tikal. El recorrido a toda la ciudad puede tomarle un día entero, incluso dos; así que sea selectivo en qué quiere conocer y su condición física. Lleve agua y provisiones de comida pero recuerde no generar desechos.

2 comentarios en “El primer extravío

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