Era de noche, un 21 de marzo. Estaba echado en una hamaca sobre la piscina del hostal donde me quedaba y si bien, estaba rendido luego de la travesía que fue el ver a Kukulkan bajar por el Castillo de Chichen Itzá, mis ganas de aventurarme más en la hermosa península de Yucatán podían más que el descanso. Luis David, un viejo amigo sinaloense se acercó a hablarme sobre el viaje, ciertas cosas de música (este día conocí a Lila Downs) y sobre “qué hacer mañana”.

— “Créeme, las fotos no le hacen justicia“, me decía  mientras enseñaba por la pantalla de la cámara, algunas instantáneas que había tomado en los cenotes de Cuzamá. Si quería conocer algún lugar que fuera la verga, definitivamente ese era: enormes lagos cristalinos encerrados en las profundidades de la tierra.

 

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Al día siguiente me encaminé en un trayecto fácil desde Mérida, atravesando pueblos de urbanismo solaz hasta llegar a la pequeña plaza donde el calor abrazaba. Llegar a los cenotes es relativamente fácil para el turista o el viajero, ya que todo el escenario está condicionado para llevarlo “de la mano” hasta el destino, como si los pobladores tomarán cuidado del visitante: inmediatamente bajé del bus, encontré los bicitaxis que conducen a la Hacienda Chunkanán, donde salen los truck, herencia casi fósil de las épocas henequeneras de Yucatán. Una extensa red de antiguos rieles surcan el paisaje y son estas mismas vías las que sumadas al ingenio lugareño permiten que llegue a los cenotes gracias vagones tirados por caballos, los chaperones del viaje. La austeridad del paisaje es la mejor antesala para los cenotes: pocos rincones del planeta esconden la palabra “contraste” en tan amplia definición.

 

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Mi amigo me decía que en Yucatán abundan cientos de cenotes, algunos encontrados en los patios de las casas; incluso, el agua de la piscina que abre esta entrada es agua proveniente de un cenote. En Cuzamá el recorrido está predeterminado para conocer tres, cada uno de diferente carácter que el anterior. Normalmente, el orden es visitar Chelentún (el más abierto), Chak-Zinik-Che y terminar en Bolom-Chojol (completamente cerrado). Por cierto, seré completamente honesto con esto de las palabras mayas y debo agradecer a Google por la consulta de terminología necesaria para este escrito. No soy bueno recordando vocablos, tuve una amiga en la escuela que se llamaba Nailysbeth y jamás pude con ella.

 Justamente, los cenotes tienen gran importancia en la mitología maya: no por nada en ellos se hacían sacrificios de jóvenes vírgenes (cosa que no ha pasado desde 1967, no hay más vírgenes), suponiendo que estaban preparándolas para un viaje entre lo terrenal y lo divino. Entonces desde tiempos ancestrales, los lugareños viven familiarizados con estos lagos ya que se cuentan por miles en la Península de Yucatán. No sobran historias de sacrificios, así como de viajeros intrépidos, buceadores que navegan entre sus intrincados pasajes subterráneos o cuentos de caminantes que fueron tragados por la tierra debido a la superficie frágil de algún domo.

 

Cuando bajé del truck lo primero que llega a la mente como primera impresión es “¿dónde está?” No veía nada en el paisaje diferente que hiciera relevante la llegada al lugar. Había aridez en el terreno, algunas plantas secas y mucho polvo, del que no me gusta. Sin embargo, de la nada, se oyen risas y chapoteos en el aire, niños y padres, parejas felices vacacionando con la misma diversión que cualquier parque temático ofrece. Los sonidos vienen del fondo de la tierra y no basta sino con caminar unos cuantos pasos para encontrar la escalinata que lleva unos metros a la sorpresa del primero.

 

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El agua es increíblemente cristalina, pura, sin nada turbio en ellas; parece irreal que se pueda encontrar tanta pureza con tal infusión de color en un lugar tan inesperado como el subsuelo. En un mundo donde todo parece descubierto y estamos frecuentemente en la búsqueda de nuevos horizontes en otros planetas, es de agradecer el poder encontrarse con este crisol de emociones y sorpresas.

Chelentún  es un cenote amigable para todos debido a su fácil acceso y apropiado para los claustrofóbicos que pudieran visitar el lugar. Pasé en el cenote no más de 30 minutos, que vendría siendo el tiempo promedio que el guía “recomienda” a sus pasajeros; digo “recomienda” ya que puedes conversar y quedarte más tiempo, si lo quieres. Casi al instante de bajar algunos metros bajo tierra, la temperatura cambia para gusto, como un baño refrescante para todos los sentidos: el eco de la caverna, los colores del agua y el olor húmedo que desprenden sus paredes.

El estaba bajando del cenit lo cual representaba oscuridad en el cenote número tres. Por concilio con el guía decidí mejor visitar Bolom-Chojol y disfrutar de los rayos solares que entrarían por los agujeros de forma perpendicular y no ser atacado por una banda de murciélagos o incluso, serpientes que residen en las cuevas. No soy tan intrépido en esos límites. Para ingresar se necesita bajar por un túnel apretado excavado desde la superficie (es como Paris Hilton dentro del señor Esclavo) y encontrar esta catedral construida la paciencia de la naturaleza. La intimidad y el regocijo contemplativo que ofrece no tiene nada que envidiarle a grandes templos o iglesias que pueden verse en el globo. El agua es tan cristalina que puede apreciarse el fondo, incluso si este está a varios metros de profundidad, detalle que pude apreciar porque como no sé nadar (cof cof, guevón), pedí usar el chaleco flotador lo cual fue una decisión acertada para poder flotar y deleitarme con las estalagtitas que colgaban del techo.

 

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Chak-Zinik-Che es el tercer cenote del recorrido que decidí efectuar, un lugar donde las raíces de los árboles se lanzan intrépidas por el suelo para obtener algo de agua, raíces que ni corto ni perezoso me atreví a trepar para zambullirme en el agua (si, el Tarzán de pueblo de la foto soy yo). En aquellos días de sequía parecía un acto de ánaturaleza desesperado, igual que aquellos avispones que se pegan a la piel a beber las gotas atrapadas una vez sales de bañarte. El agua es un poco más oscura, sin embargo no dejan de lado su condición cristalina de gema preciosa enclavada en el subsuelo. Reconozco que tomé muchas fotos con la intención de dejar un registro fiel de lo que había visto, pero en palabras proféticas de mi amigo aquello era imposible de capturar pues la belleza de aquel lugar no puede ser atrapada: es belleza salvaje, indomable e intimidante.

 

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Regresé a Mérida con una sonrisa en la cara, de esas post-orgasmo. Mientras esperaba en una improvisada estación de bus con un improvisado altar a la Virgen de Guadalupe, recordé que el día anterior fui testigo de cómo Kukulkan bajaba del cielo a visitar la tierra. Creería que Kukulkan sigue al suelo para residir en los milenarios cenotes. 

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6 comentarios en “El cielo bajo tierra

  1. waooo esos posts me transportan a un mundo casi de fantasía existentes que nunca he imaginado conocer y según tus relatos, y todo lo que cuentas dan tantas ganas de ir.. muy interesantes todos tus relatos *los he leído casi todos. gracias por siempre presentar algo tan diferente e interesante.

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