Para muchos es el país más misterioso del mundo. Es una dicotomía entre el espacio que necesita el poder y el poder en el espacio, mitologías vigentes y rituales que despiertan atención. Si hablamos de una institución hecha territorio, hablamos de El Vaticano.

Plaza de San Pedro, tocando el atarceder.

Enclavado en el corazón de Italia, exactamente en una colina de la ciudad de Roma, queda el fragmento más valioso de lo que fue un imperio basto que intimidaba a otros imperios, aunque hoy solamente quede poco de su extensión —física—. Sin embargo, siendo un pequeño país es a la vez un gran cofre que se debe abrir en dosis, aunque eso sean las dosis permitidas.

Esa primera dosis fue mi primer enfrentamiento con el clima, recuerdo bien. Había bajado a las 5:00 am en la tímida estación de Ottaviano, la más cerca a la Basílica de San Pedro. La misión, era atravesar esa frontera absurda demarcada en columnas y ver el amanecer colorear la cúpula que diseñó Miguel Ángel unos 500 años atrás. Pero no, llegó la lluvia y con ella el refugio ante los rayos (si, estaban filmando X-Men Apocalipsis) que caían alrededor. Recuerdo la esquina café a la vuelta de la estación reflejada en los charcos y presuroso decidí desayunar en un café bañado en vetas de árboles y comprar un paraguas por algunos euros. Después, al aminorar un poco el diluvio, caminé directamente al corazón de esa magnifica bestia de granito. La segunda dosis, sin embargo, fue una calmada noche de primavera la cual regala muchas de las fotos aquí puestas.

La frontera del país más pequeño del mundo son columnas y santos. Comparado con otras fronteras, atravesar este bosque barroco hace de esta la más fácil de cruzar entre la nación italiana y el edificio-estado-país. Digo “edificio” porque la sola interconexión de todas las edificaciones de El Vaticano hacen que prácticamente sea visualizado como un edificio continuo.

Los brazos gigantescos que Bernini había creado en la plaza para albergar a la feligresía, son los centinelas pétreos que conducen la mirada directamente al corazón de la Basílica. Es intimidante saber que este espacio ha sido testigo de cientos de Habemus Papam, estos conciertos de rock donde se aglomeran las personas a esperar con ansias la salida del nuevo stardoom, entre llantos, apretujones y júbilo causados una tímida humareda blanca (créanme que a mi me emociona mas el humo de un asado de carne, pero entre gustos no discutiré). El adoquín resbaloso por la lluvia fue suficiente razón para escabullirme presuroso a entrar sin requisas ya que las maquinas detectoras de metales estaban desactivadas por la tormenta. Justo en la entrada me topé sorpresivamente un amigo (si, eso sucede aquí y en Budapest, pero eso es otra historia) y juntos tuvimos el banquete del exceso visual.

La Basílica de San Petro es la máxima sinfonía de la arquitectura renacentista. A pesar de no ser la catedral de Roma ni ser la sede principal de la Iglesia Católica, San Petro alberga la tumba del primer Papa y por ende desde su concepción, ha crecido en importancia y relevancia. Ya Alejandro VI, el Papa de las orgías y la zoofilia, había comenzado el proyecto de renovar la antigua catedral paleocristiana y construir algo mas “sublime”. Irónicamente su tumba fue destruida en la construcción de la nueva basílica y para mayor cruel destino sería Julio II, rival del señor Borgia y portador de sifilis -causada por sus encuentros con prostitutos-, el que la construiría. Ironías crueles de un devenir.

Como decía, San Pedro no es la Catedral, ni siquiera es la iglesia parroquial de Roma. No; San Pedro es grande desde el momento demencial de ser considerada la iglesia de la residencia papal luego de tantos trasteos, porque si no sabían, les comento que el Papa no siempre residió en El Vaticano. Estuvo desde Letrán (donde vivió Benedicto IX, el Garavito de su época), Santa María la Mayor e incluso Francia. San Pedro tuvo su esplendor en el renacimiento, cuando “se estabilizó” la iglesia y decidió mejorar la calidad de vida de los habitantes de Roma y por siguiente, su infraestructura. El gesto no era para más: la iglesia más grande del mundo para el líder del mundo.

Una vez dentro, San Pedro embriaga por ser la materialización de lo absurdo. Todo en ella es el desmesurado pulcro, una bestialidad de proporciones titánicas que maravillan hasta el incrédulo, más allá de provocarle repudio. Aunque claro, no falta el que se salta el tamiz y pierde los cabales: justo a la derecha de una de las puertas de la Basílica está La Piedad de Miguel Ángel, que fue brutalmente destruida por un loco húngaro que se sintió más cómodo dandole cincelazos al rostro de la Virgen que viendo porno y justamente esa es la razón por la que hoy La Piedad está tras un cristal antibalas. Si, a veces la belleza hace que la razón sea un juego de niños.

La modestia no existe, en este lugar la escala la que se encarga de destruirla. Por si no quedaba espacio para la arquitectura, es la escultura la que se encarga de dotar el excelso interior de San Pedro con muestras barrocas de santos fundadores o de tumbas papales. Otra cosita por si no sabían: no todos los Papas están en El Vaticano, digamos que San Pedro es como el Rock ‘n’ a Roll Hall of Fame de la morronguería donde solo los papas virtuosos están. Algunos se encuentran enterrados en otras iglesias de Roma, de Italia e incluso simplemente destruyeron sus tumbas cuando construyeron San Pedro porque bueno … eran poco célebres.

El San Pedro que en realidad, es una estatua de Júpiter transformada.

Si bien tumbas como la de Gregorio XIII o Inocencio XI (por si lo notaron, papas con barba revelando un grado de hipsteridad eclesiástico que hace falta retomar), es la minúscula Estatua de San Pedro la que se lleva la atención, sentado en símil con las viejas estatuas del Dios Júpiter pero esta vez, creada en el medioevo. De hecho es de las pocas cosas que quedan de la Era Medieval en El Vaticano, contando entre ellas gran parte del suelo en mosaico o su apreciación por las mujeres.

Por otra parte es el Baldaquino de San Pedro con la Cátedra al fondo las que se roban la atención desde el momento de ingreso a la iglesia. Creada con el bronce que lograron destruir del la cúpula del Panteón, cosa que ni los bárbaros hicieron (pero si los Barberini), este altar marca el punto exacto donde está enterrado el primer Papa, o sea, Pedro. Ambas obras fueron diseñadas por Gian Lorenzo Bernini, alguien que pronto estarán cansados de oír ya que este servidor es amante de su obra y Roma está bañada en sus esculturas. La utilización de la luz natural hace que la Cátedra sea impresionante en la mínima expresión de vidrio para ilustrar al Espíritu Santo y en cambio es el entretejido escultórico el que hace que el conjunto pase como segundo plano ante la minúscula palomilla.

¡Y ahora lo que todos quieren ver! ¡Papas enterrados! Bueno, solo uno. En realidad las Grutas Vaticanas son infotografiables, a pesar de pedirle en italiano rústico a uno de los guardias que me permitiese esa labor. En su lugar, les traigo el mortajo de Pio X expuesto en la Basílica. Dentro de las grutas solo puedo decirles que aquí la modestia si se permite expresar. Increíblemente, muy a lo que se llegase a pensar del exceso “sobre la cota”, las Grutas son pasajes blancos desnudos que exponen cajones en granito de cada uno de los Papas que tienen su tumba aquí. Pocos papas son embalsamados y lamentablemente cuando lo intentan, pueden fallar: así le pasó a Pio XII que al morir en 1958, fue embalsamado con vapores y celofán por su médico personal. ¿El resultado? Literalmente se descompuso en la Basílica de San Pedro donde los guardias se desmayaban y otros embalsamadores, presurosos durante la noche, trataban de maquillar la piel verde o de pegar la nariz que se le había desprendido.

Pude refugiarme en una tienda de artesanías que literalmente era el lugar de pines y souvenirs del Hall of Fame. Aquí Francisco es una celebridad total, el Cerati de las monjas. Mientras estaba esperando a que mi amigo comprara un pequeño rosario, puede ver como los feligreses adquirían indulgencias de plástico o magnetizadas. Cualquier cosa con la cara de Francisco o de Juan Pablo II es comercializable (no hablemos de Benedicto XVI, por favor) y se vende a montones.

¿Por qué entonces no podía comprar un medallón de Alejandro VI haciendo una orgía en el altar de San Pedro? Eso si es ser rockstar. Francisco qué, él sólo hace pop.

PD. ¿Han notado que Borgia sin B es orgía?

Para no olvidar:

La entrada a la Basílica de San Pedro es gratuita pero a la vez, bastante concurrida. Madrugue – pero en serio – para poder apreciarla con buen espacio entre las obras y el público.

Los miércoles se celebran las audiencias papales, así que si desea participar en una, El Vaticano ha dispuesto una página con información (hasta el 2014 era un fax, qué modernos) para solicitar las boletas. Son gratuitas y las entrega la Guardia Suiza.

3 comentarios en “Gran poder, pequeño territorio

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