No llevaba más de tres horas en Chile cuando tomé un bus que me llevara a la ciudad de Valdivia, donde había propuesto comenzar mi viaje por el sur del continente. El amanecer comenzaba a bañar la Cordillera de los Andes despejándola de nubes y pude ver un nevado paisaje, mientras Drew Barrimore, Big Mama y Adam Sandler hacían alarde de comedias sin sabor en el colectivo donde viajaba. A mi lado estaba una dama de unos 30 años que viajaba a ver a su familia en Los Ángeles (una ciudad chilena) y que en su mano tenía un pequeño bolso con nada más que una botella de vino y algunos pesos dentro, augurio de los días que me esperaban.


Valdivia es una ciudad tranquila, silenciosa, que guarda grandes secretos en su suelo. Se podría decir que es un enclave de tradiciones en la mitad de la nada, en el borde de lo calmo, donde se respira una atmósfera de tensa paz, donde los ríos se vuelven océanos o viceversa. Justamente en esta puerta al extremo sur chileno, donde el frío es emperador y dueño, el agua ofrece tregua con el suelo para asentar una ciudad que sigue habitada, incluso después que un tsunami producido por el terremoto más fuerte de la historia casi los borra del mapa. Los ríos Valdivia y Calle Calle se unen en pleno casco urbano para desembocar en un no muy lejano Océano Pacífico y por esta afluencia de aguas es que se permite ofrecer una variedad rica de peces y crustáceos frescos que se encuentran a la venta en el muelle de la ciudad o simplemente, parecer un niño mirando los lobos marinos paseando en el río, como si habitantes más fueran.

El otoño es mi temporada favorita, los árboles abandonan toda vanidad y sus hojas débiles empiezan a turnarse en el desafío diario a la gravedad. Por esta época, Valdivia se había arropada en una sábana ocre que cambiaba de pliegues con el soplar del viento, una sábana para cambiar con solo puntapiés. Todo alrededor pareciera estar destinado a la calma y a que el tiempo no decidiera caminar más.

Justamente después de varios días en Valdivia, una amiga me recomendó visitar el fuerte español en el pueblito de Niebla. Yo, animado por conocer algún vestigio remoto de antiguas batallas, me armé de mi cámara para llegar presuroso a las murallas que custodian el lugar. El fiordo me acompañó todo el camino, recorriendo a toda velocidad las aguas de un río herido de muerte que buscaba su salida hacia el mar en algún punto indeciso del horizonte, mientras las orillas se alejaban una de la otra volviendo puntos opacos a las casas de la lejanía gracias a la cinética del camino.

Al llegar a mi destino, no me quedó otra opción que preguntar a los pescadores cómo llegar al fuerte. No, no tenía mapas y la tecnología no era mi aliada: era utópico tener teléfonos inteligentes con trazados de estas áreas tan aisladas de todo. Es irónico, pero apenas unos años atrás y no concebía este panorama virtual que tenemos hoy. A punta de voces y dedos índices al horizonte, pude crear una ruta en mi cabeza para adentrarme en el pueblo sencillo y austero, donde las casas no parecieran tener más interés que permanecer envejecidas entre los pinos y la falda de la montaña. Sus calles no pueden diferenciarse de sus parques ya que todo es uno, es una situación urbana sin ser urbana, una condición honesta de asentamiento.

Exactamente a las 5:10 llegué al grisáceo fuerte español. Recuerdo muy bien la hora ya que la sensación de desilusión no tardó en sobrecogerme debido a que el fuerte había cerrado 10 minutos antes, quedándome solo con la deriva como amiga.

Sin embargo, es en ese momento donde la curiosidad le hace coqueteos a la urgencia y por instantes no existe la razón. Justamente ahí frente a la puerta desvencijada del fuerte español y rodeado de una montaña aparente, existía un quiebre en la roca que me hizo detener, un error entre la conjunción de las dos montañas insinuando algo qué había más allá. Después de varios pasos atravesando las montañas, surge un balcón pétreo en el tope del acantilado revelando ante mis ojos, un espejo natural y los rayos del sol. Sin quererlo, la curiosidad hizo que encontrara la desembocadura del río con el Pacífico, como si no tuviera nada que envidiarle a Balboa quien 500 años antes hizo su proeza.

El cielo se enmudeció y el sol cometía su suicidio periódico en el horizonte. El escenario auguraba tiniebla, con el azul bañando las nubes y un ligero brochazo carmesí en esa distancia temblorosa escondida entre el cielo y el mar. Los acantilados parecían verdugos del sol mientras todo se apagaba, prometiendo esa noche demás oscura y común. De repente, cuando todo parecía haberse esfumado, la bóveda explotó.

Ese momento en mi memoria destila pureza y me sentía en perfección con todo, tan en paz con lo hecho, tan sencillo con lo sublime. Ese acantilado que otrora había sido alcanzado por la ola del maremoto, en ese instante fue alcanzado por una ola de luz en una bóveda herida de sangre. Ese fue el momento preciso y el instante único donde nada me importó y podía dejarme caer en el precipicio como si la belleza doliera. No sé si alguna vez lo han sentido, es éxtasis de dicha que embriaga el cuerpo y descarga un orgasmo de tranquilidad por todo el cuerpo. Era querer suicidarme con el sol.

Pero a veces, solo a veces, la razón puede llegar a superar la urgencia. La noche llegó, me despedí del Pacífico y retorné a Valdivia a patear las sábanas ocres de la ciudad.

Para no olvidar:

Desde Valdivia puede comenzar su viaje hacia el sur del continente, especialmente Chiloé y Torres del Paine. También, se puede cruzar Los Andes hacia Argentina y llegar a San Carlos de Bariloche.

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