No tenía interés alguno en pasar en esta ciudad. Pensaba simplemente agarrar desde Rotterdam directo a Luxemburgo pero pudo más mi fantasía de niño que las ganas de continuar el viaje. El tren se detuvo, agarré la maleta y desembarqué en Bruselas.

ADVERTENCIA: No tener hambre antes de leer este post.

Les cuento que venía atravesando el norte de Europa en plena tormenta que según fuentes, era la mas fuerte en no sé cuantas décadas. Ya estaba acostumbrado a ver mi melena arriba por el viento (asunto importante en esta visita) y tener que aguantar las bajas temperaturas aumentadas con lluvia fastidiosa que no es placentero encontrar mientras viajas.

Bruselas es una ciudad extraña. Aunque iba preparado a encontrarme con una desilusión arquitectónica en términos de potencial turístico ya que para muchos es aburrida, la capital de Bélgica es un suspiro gris tan entramado como sus historias oscuras, como ser la oficina de planeación del genocidio en el Congo en manos de Leopoldo II. La verdad, aunque me habían comentado que me preparara para ver solamente la Grand Place y devolverme, quise darle una segunda oportunidad a la ciudad ya que al fin y al cabo, en Bruselas nació Tintín, mi héroe por excelencia.

 Ayuntamiento de Bruselas. No, no es la Catedral.

Catedral de San Miguel y Santa Gudula. 

Aquí hicieron la fotocopiable idea de poner un museo en la Catedral.

La lluvia del temporal seguía bañando la ciudad. Venía de sobrevivir unos 2° con fuertes vientos y no esperaba menos del viaje hasta que comenzara a bajar de nuevo adentrándome en el continente. El suelo de piedra brillaba con las gotas de lluvia diminutas y las sombrillas de los transeúntes batallaban a pie de fuerza contra el viento. Yo, armado de mi paraguas comprado a 4 euros en Roma que tenía la misma fuerza estructural de una antena de televisión análoga, decidí adentrarme en la ciudad conociéndola de una forma que no había decidido hacer conscientemente con ninguna otra: engordando.

Empecemos con los chocolates, aquellos que las mujeres comparan con un orgasmo. Siempre he creído que aquellas damas que lo afirman es porque tenían malos polvos en su haber, pero no titubeé en darles la razón cuando probé belga. Probar belga es una experiencia excitante al paladar, ya que la estructura es totalmente diferente a otros chocolates que haya probado. En el mostrador había una pareja que parecía tener sexo con los labios después de devorar a filo de párpado cada una de las trufas mientras yo, inocente y virgen en medio de un francés A1, logré que me vendieran un paquete de trufas Godiva, varias pastillas y un chocolate caliente para aminorar el invierno otoñal.

Pasando a otro placer, no podía olvidar la cerveza, ya que les he comentado como me encanta la belga. Todo conocedor de bar, despechoasolapado, chupavidrio y catador de malteada de cebada, sabe que la cerveza originaria de este país, goza de una reputación que exalta cualquier paladar y cualquier comida. Pues bien, decidido a probar de las mejores, terminé en el Delirium, ese bar famoso a nivel mundial por la cerveza del elefante rosado de Barney. El Delirium es una taberna de sótano, cuidadosamente cuidada que creería es referencia para todo pub en el globo donde el cantinero te atiende con amabilidad a pesar del torpe francés (no puedo coordinar tres palabras sin decir el puente de Lady Mermalade)  y te muestra la carta con sonrisa en boca. Ahora bien, tengo que señalar tres cosas de esta carta que hicieron que me mojara la entrepierna:

  1. Tiene 2.000 cervezas.
  2. Existe una cerveza de fresa.
  3. La Poker es más cara que la Club Colombia (chúpense esa, gomelos)

Debería decir que es uno de los mejores bares que he estado en mi vida (lista que debería elaborar, ¿no les parece?) y una expresión concreta de lo que un buen bar debería ser.

La robustez, sabor y consistencia de las cervezas de este país son un goce denso a cualquier lengua y el estar inmerso entre la madera y el vidrio en medio de un frío sótano, condensa aún más el placer recóndito de estar ahí. Quieres que esa cerveza dure por siempre.

Aquí hago un paréntesis porque aunque no es comida, debo hablarles sobre el placer de toparme con una pequeña librería especializada en Tintín ante la tristeza de ver cerrado el Museo del Cómic (recuerden: en Europa los lunes son perdidos). Ya podrán imaginarse mi goce como enano (o como niño) cuando me topé con decenas de juguetes, colecciones, libros y demás. La señora del mostrador estaba feliz de verme como chiquito brincar de estante en estante y más cuando plácidamente mostró regocijo al contarle que era colombiano y que amaba al pelirojo este desde pequeñuelo. Sabrán el amor que siento por este periodista viajero que hasta mi selfie de Bruselas está tomada a placer de ver mi mechón de pelo levantado por el viento.

Pero volvamos a engordar. La mitraillette (o la metralleta en su traducción) seguía en lista de colmo de calorías y creería que su nombre es debido a la metralleta de colesterol que esto dispara al organismo. Lo cómico de este plato es que es un plato belga con papas a la francesa y salsa andaluza y más cómico aún, es que las tres cosas son productos de Bélgica (si, las papas fritas y la dichosa salsa de mayonesa, limón y pimentón son de aquí), todo entre un pan y acompañado de bebida a elección. Las mejores están tras la Grand Place, por la calle Henri Maus por si se les antoja algún día ir.

En otro capítulo, los goffres son la belleza que están en las fotos de abajo, esa cama de placeres recubierta con sábanas de crema, frutas y Nutella que aunque no lo crean, su precio se reduce a 2€. Si, puede que estemos acostumbrados a que nos estafen con un goffre en nuestra tierra (por eso ni loco les hago cola a aquel dichoso restaurante) pero en este singular caso, el goffre o mal llamado waffle, es una exquisitez imperdonable de obviar. Cuenta la leyenda que fue inventado en el siglo XVIII por el cocinero del príncipe de esta ciudad, como casi todas las cosas buenas de la vida (la pizza Margarita, la crema chantillí o los hijos de Lady Di) y los encuentras en todas las calles de Bruselas, pero específicamente los mejores están al lados del Manneken Pis.

Aquí viene lo insólito.

¿Recuerdan lo que decía al principio de Bruselas y su insistente mito de urbe asociada al aburrimiento? Pues todo se reduce a esto, una meada que a título personal luego de subir de kilos y culpa, la considero la meada más interesante que he visto (fuera claro está, de cualquier fetiche raro). El Manneken Pis es el icono pop por excelencia de Bruselas después de Tintín y se reduce a una simple estatua de un niño meando, estatua que tiene 61 centímetros, refutando la teoría que el tamaño importa ya que el pequeñito este disfruta mostrar su pene en una discreta esquina y aun así, lograr la atención de miles de turistas al día. En nuestro país, un símbolo infante de este talante y altura es significativo a aquel niño ario, que vive en el 20 de julio y viste de satín rosado. Creo que nada logra sintetizar más la esencia de pudor en Latinoamérica y Europa que comparar la existencia del Mannken Pis versus el Divino Niño: dos sociedades condensadas en dos estatuas.

Vean como aman a este niño meador. Todo un ícono pop.

Para rematar terminé en medio de la Grand Place, que enmarcaba un cielo inusitadamente azul en el cual, parecía haber tregua entre las grisáceas nubes y el sol, para preparar antesala ante las fachadas sutilmente decoradas con oro. La tregua no podría ser más perfecta al ver cómo los últimos rayos del sol bañaban las estatuas cúspide de los inclinados tejados mientras las luces de las casas iban despertando de par en par, adornando el vestido más hermoso de este diminuto país. Confieso que particularmente no había sido maravillado por una plaza como está en mi vida, más conociendo el trasfondo histórico que cada una de las casas tiene, construida por gremios de zapateros, sastres o pescadores hacia cientos de años.

Luego de varias cervezas, el viento frío del coletazo del San Judas y temperaturas de 4º el tracto urinario no daba más. Terminé mi noche en un pequeño restaurante de la ciudad, donde bajo la excusa de un café, fui sigilosamente al baño tener la meada más deliciosa de mi vida. Claro está, me fui con una cerveza en la mano.

Una belga en la mano exactamente.

9 comentarios en “La meada más deliciosa

  1. Muy bueno! El cuento! Bruselas es extraordinaria! La cerveza el chocolate y los wofres! Que bueno !!! RRecordar Bruselasde esa forma!!!! Genial!

  2. Dan, como disfruto leer tus historias. Todas tus fotografías de comida me han sabido sacar mas de un suspiro, es un placer leer como defines el sabor del chocolate. Menos mal fue con una cerveza Belga en la mano.

    PD: ¿Volverías a ese lugar?

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