¿Qué es invitar? ¿dejar seguir? ¿dejar pasar? ¿dejarse? Es el acto más simple de cordialidad, de compartir. Mientras escribía sobre los bosques de Luxemburgo, pensaba en qué ciudad aquí en Latinoamérica dejaba invitar a la naturaleza a hacer un festín de ella y me acordé de una: Mendoza.

La noche que llegué a Mendoza fue especial y amenazante. Recuerdo que era un otoñal abril (ya notaron cual es mi temporada favorita) en la cual atravesaba la Cordillera de Los Andes desde Santiago hasta Mendoza a media noche, rodeado de nieve bajo una Luna llena que parecía el ósculo del Panteón. Llegada la media noche resultaba peligroso tener que bajarse del bus con la temperatura que podría hacer afuera. Tenía razón: miles de agujas comenzaban a sentirse en la piel mientras caminaba hacia el puesto fronterizo, a unos cómodos -8º centígrados, a plena 1:00 am; creo que es la sensación térmica más fuerte en la que he estado. Sin embargo, a esa hora el espectáculo de miles de cuerpos celestiales brillando en el cielo hizo que olvidara por un instante el frío y disfrutara cada uno de aquellos distantes cuerpos brillantes y al fondo, el grandioso Aconcagua que brillaba bajo la luz de la Luna.

 No tengo fotografías de esa noche pero esta de emanuek es tal cual como fue aquella vez.

Mendoza es “el otro lado” de Chile, siendo la puerta de bienvenida a muchos que quieren llegar a Argentina a pasar un fin de semana. Especialmente ese finde era el del Día del Trabajo, así que varios santiaguinos aprovechan para dar el brinco de Los Andes para ver como el pasto es más verde al otro lado de la cerca o incluso saber que su prado es hasta más embriagante porque para nadie es un secreto que Mendoza produce vinos tan buenos como los que Chile produce (pelea en 3, 2 ,1 …)

Esto que ven en este link es el centro de la ciudad y a su lado, el Parque San Martín el cual fue mi primer destino. No es para menos, el parque es igual de grande que todo el centro de la ciudad transformándola en toda una antesala al jardín que espera al otro lado de la cerca; cerca que por cierto, está delimitada por unos portones franceses que datan de 1907 y los Caballitos de Marly, réplica exacta de los que están en los Campos Elíseos de París. Los mendocinos desde mucho antes de que ciudades enteras fueran consideradas ciudades, ya estaban pensando en cómo transformar una urbe en una estancia donde la naturaleza fuera importante. No es para menos, hace cien años la ciudad era más pequeña que el parque; imaginen.

Dentro del parque la vida transcurre a las anchas y largas. Los Andes, que ahora se ven lejanos, custodian el horizonte quebrado de la ciudad mientras que los habitantes disfrutan el deleite de grandes abetos, estatuas y fuentes por lo largo de las alamedas. ¿Cómo no querer una ciudad que de entrada te ofrece tal espectáculo? Las horas fluyen mientras te dejas llevar por el parque al punto de quedar congeladas y conducirte de nuevo a la ciudad.

Mendoza tiene una particularidad que me encantó: si ven en la imagen de arriba, eso que discurre entre los andenes y las vivendas no son cañerías sino acequias que transportan agua pura, de riachuelos. El damero estricto de la ciudad (creado post-terremoto), dio espacio para que los urbanistas planearan cómo integrar las escorrentías al paisaje urbano sin necesidad de soterrar en tubos anárquicos la belleza y el sonido tenue de un riachuelo que todo el peso que lleva, son pálidas y anónimas hojas de otoño.

Toda la ciudad parece abrirse campo a los árboles, al otoño. Los parques de Mendoza, tal vez intimidados por la grandiosidad de San Martín, son espacios típicos españoles, de ejes en esculturas (como la del Libertador que siempre apunta a Los Andes) y decoración esperada. Las calles por el contrario son escenario de tamices de hojas que dejan traspasar la luz necesaria para dejarse embriagar por un espectáculo de sombras que ningún teatro en el mundo podría reproducir. Sin embargo, al norte, se planeó un nuevo parque creado en los viejos terrenos de los patios de los ferrocarriles, el Parque Central. Este espacio se muestra como una abstracción del gigante San Martín, abriéndose campo con un lago artificial donde los niños pasan el tiempo alimentando a los patos o las fuentes entretienen a cualquiera que quiera sentarse a leer un libro, escuchando el sonido del agua al cual están acostumbrados.

El corazón sin embargo es el Parque Independencia, un exponencial recorte verde que ejerce como corazón de la ciudad. Un talud que como alfombra recibe a cualquiera que desee sentarse aquí a ver el agua de las fuentes caer mientras comparten un mate con los amigos. Un anciano que junto a su pareja se dedican a correr y estirar las piernas en una soleada tarde de otoño mientras un grupo de niños simplifican la vida en el ejercicio de patear hojas secas.

Las noches de Mendoza las pasaba con desconocidos en el hostal descorchando vinos de gran calidad comprados a unos precios irrisorios. Hablábamos de todo: de aquél francés intrépido que viajaba en bicicleta desde Ushuaia hasta Alaska; de las ex-milicianas israelíes que disfrutaban su tiempo fuera del ejército; o del colombiano con 19 años que apenas se atrevía a conocer más allá de las fronteras. Fuego, vino, algunos emparedados pero por alguna razón, todos felices de haber recorrido a pie tan sencilla ciudad. Llegamos a la misma conclusión.

¿Qué es el deleite del espacio público? No es simplemente ir a recorrer esas franjas verdes que algún descuidado planificador desde una oficina rayó con un marcador verde en un mapa para ofrecer el porcentaje necesario para considerar viable una urbe. No. El deleite del espacio público es cuando permite al ciudadano gozar de la vida comunitaria bajo la comodidad y tranquilidad que la urbe le dé. Es la apropiación de aquél terreno destinado para que los habitantes sin excluir estratos sociales, se den cita al encuentro y a la apreciación de todo un entorno incluyéndose en él. Mendoza construyó desde hace más de cien años un parque que muchas ciudades envidiarían y dejó la semilla para que toda la ciudad se transformara alrededor de él. ¿Eso impacta la calidad de vida? El Índice de Desarrollo Humano de Mendoza es de 0,852, superior a muchos países de la región.

Y estamos hablando de Latinoamérica.

 

Para no olvidar:

Más allá del casco urbano, Mendoza ofrece diversas actividades rurales que incluyen cata y visita a viñedos, caminata a las cumbres del Aconcagua y algunos deportes extremos. Por eso mismo, es bueno que en su visita agende un par de días más.

Un comentario en “Entre árboles y acequias

  1. Fokken beautiful. Los paisajes, las ciudades, el cielo estrellado. El hemisferio sur tiene algo especial, un tipo de magia que hipnotiza a cualquiera. Un trance que empeora con vinos cuatro o cinco veces más baratos que en Colombia. Excelente relato.

    PD: concuerdo con su apreciación del otoño. Aunque algunos veranos son espectaculares.

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