No recuerdo exactamente en qué día llegué y o qué día me fui. Tras varias vueltas en la embajada en Managua, finalmente conseguí una mínima visa que me permitía entrar por ocho días a Costa Rica. Ni uno más, ni uno menos. Desde Nicaragua, recuerdo los caminos serpenteantes entre las montañas y los volcanes que arman este puente geográfico llamado América Central. “Se parece a Colombia”, pensé, por los tapetes verdosos que arropan los sobresaltos del paisaje.

 

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Recuerdo también que, tras una breve parada en San José, me invitaron a Puerto Viejo de Talamanca, un pueblo construido entre el mar, la sal y el reggae. El plan era ir un rato y regresar al corazón de Costa Rica para conocer lo típico. Pero, el poco tiempo que pasé en el mar, fue suficiente para querer más: al regresar a la capital no dudé dos veces en que la mejor idea era agarrar la maleta y volver a Puerto Viejo para gastar la visa allá.

 


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Si no fuera por aquella visa, no recordaría cuántos fueron ni qué hice allá. No sé si les parezca asquerosamente cursi cuando en las películas caen enamorados, se pierden en los ojos de esa persona y las horas se transforman en minutos o los minutos en días. Así fueron mis días en Talamanca, esa frontera entre el mundo y el resto. De repente, había emigrado a otro país.

 

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“Cuando yo me muera, me llevan. Allá en una loma, ahí”, dijo Tony sentado en una hamaca colgando entre un camión y un palo. Lo acabo de ver en un video que grabé en aquel viaje. Tony llevaba 43 años en Puerto Viejo: aquí está su vida deslizándose entre cocos, pescado y pura vida, vida “de la verde”, mientras se ríe conmigo porque ambos entendemos lo que la verde representa en esta comunidad. Tony ama las calles calientes, de esas que abrasan los pies, ama a Bob Marley, ama su hamaca, la casita que levantó con su familia hace tres décadas, ama las tormentas, ama la patria caribe su lancha, los culos blancos de las turistas europeas y el porro.“Pura vida”, decía.

 

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Como Tony, todos en Puerto Viejo definen la pura vida, ese refrán costarricense que repiten como mantra mientras conversan. Con mis chiros, sin ningún aparato más allá de un iPod y una hoja de papel como hoja de Excel, me instalé en Bri Bri, un poblado a 15 minutos de Puerto Viejo tan pequeño que el directorio telefónico era una hoja de carta pegada a la puerta principal. Durante esos días me ponía mis chanclas, desayunaba un gallopinto, tomaba un bus de unos cuantos colones y llegaba a la playa, ese borde que no lograba entender de niño.

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Esos días consistían en comer, alquilar una bicicleta, almorzar un margarita y meterme horas a la playa. O minutos, no sé, no recuerdo o no quiero recordar. Todas las veces conocía gente distinta que al día siguiente desaparecía, como pasajeros fantasma de alguna película de Ghibli. Recuerdo a una argentina que atendía en un local que se quedó en este puerto, varada como una barcaza en el banco de arena porque no resistía vivir en una oficina; a un italiano que ayudaba a vender pescado fresco mientras pelaba cocos y que no tenía interés en ganar una jubilación o un talamanqueño cuya madre era de San Andrés (Colombia) y su papá era de Kingston (Jamaica).

 

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Me di cuenta de que las relaciones de vida del Caribe son una red invisible que no responde a diplomacias y pasaportes: Bluefields es hermana de Providencia, Kingston de Bocas del Toro, Puerto Viejo de San Andrés; todo tejido por esa gran nación sin fronteras llamada Caribe. Para mí, lo confieso, la playa era un borde ridículamente sobrevalorado donde los niños se pueden mear sin sentir pena moral y los papás podían descansar de sus trabajos. Aquí, sin embargo, la playa es la frontera de una gran patria que se adentra millas en el agua y se interconectan cientos de personas, unidas por el mar.

 

Pasaban los días y seguía en mi bicicleta y el mareo permanente del tequila. Me adentraba en los senderos cuyo silencio era quebrado por algún mono que se balanceaba entre árbol y árbol, los manglares eran descubiertos entre las curvas y aparecían playas remotas, escondidas y alejadas de cualquier tumulto o rebusque. Daba vueltas en círculos, pasando de poblados y playas a decisión de la voluntad del momento puesto que cada día podía ser el mismo entre la selva de cocoteros, entre los caminos sin pavimentar o las tiendas de recuerdos. Siempre estaba el firme propósito de no pensar. Las noches eran oscuras, con ese cielo claro adornado por miles de luces que arropaban a todos por igual. Una fogata a lo lejos, en las montañas de Panamá, era toda la televisión que podía tener. Recuerdo incluso que, fue en frente del río Sixaola donde lavé ropa por primera vez de mi consentida vida: agarrando camisetas blancas a mano y fregándolas en el lavadero pude entender el cansansio y las arrugas de mi madre. Los grillos de noche eran los cuentos de buenas noches necesarios para poder conciliar el sueño. Así, como hojas que caen, pasaron los viernes y los martes, los jueves y los lunes.

 


Soledad

 

La diplomacia me golpeó de frente el último día, cuando caí en la cuenta de que mis ocho días habían finalizado y tocaba cruzar el puente. Se me fue a la mierda esa patria. Sin embargo, me alejé de Puerto Viejo agradecido con ese pedazo de cielo en medio de la nada, donde los calendarios sobran y sus habitantes se escurren por la vida y no la vida se escurre entre ellos. Seguirán pescando, regalando marihuana, cantando reggae en las noches de playa, saludando al pasar e invitándote a celebrar la pérdida de la noción del tiempo, como si esa fuera la definición perfecta de libertad.

 

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