Era el medio día de un caluroso 7 de agosto del 2011. En ese entonces estaba en la Iglesia La Candelaria, ubicada en el centro de la ciudad de Rio de Janeiro y precisamente un lugar para arrancar este relato: el 23 de julio de 1993 justo al frente de aquella iglesia, se produjo una masacre perpetuada por la policía como limpieza social teniendo de víctimas un grupo de desamparados y olvidados.

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Un gran tabú urbano, cuando se viaja, es tratar de pasar esa línea invisible de lo que es visto a lo que no debe ser visto. Esto pasa mucho en Rio de Janeiro, donde la ciudad turística dista mucho de la cotidiana: tan lejana que ni el Cristo del Corcovado se asoma a ver desde su postura suicida.

Caminé rápidamente por los perfiles modernistas de la Avenida Vargas hacia la Central do Brasil, la estación principal de trenes puesto que ahí me esperaba Lincoln, un paulista gordito y bonachón que nos había invitado a una feijoada tradicional brasilera. “Cervezas, tetas y samba” eran sus palabras para describir lo que se venía; yo me imaginaba un Telemelones con Xuxa a bordo. Ya saben, fui niño y apesar de mi homosexualidad tenía curiosidad por saber qué era ese “sabor” brasileño del que tanto de hablaba extramuros.

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Mientras se alejaban las montañas, se transmutaba la ciudad. Ya no se veían turistas ni zungas jugando con las postales de la urbe, sino que el horizonte ahora se quebraba entre muros, grafitis y antenas. El Maracaná dormido se veía correr a la derecha de mi ventana, con grúas trabajando presurosas para la fiesta mundialista, una fiesta que se veía tan lejana en aquél tiempo. Tras una hora de recorrido eterno, llegué a la Estación Padre Miguel, una lejana favela de Rio, donde no hay empedrado portugués, no hay chanclas, no hay cámaras; hay chicos bailando futbol, cerveza entrando por la puerta y travestis de 4,5 metros de altura mirando a los ojos sin antes decir “cosita colombiana hermosa” y chantar un beso en la mejilla.

En ese momento estaba en la escuela de samba Mocidade Independiente, nada menos que tetracampeona a la mejor escuela de samba en el carnaval y aparte, cuatro veces subcampeona. Mostros. Una batucada me recibe en el centro de la escuela, una bandera gigante ondea en lo alto y una Cintra fría es lo primero que aterriza en mi la mano (por cierto, este post no es patrocinado por Cintra® pero a la verga, quiero que esos me patrocinen hasta el alma). Deberán entender que de desayuno tenía un huevo y algo de pan, así que como buen piqueteadero amateur que soy, me fui directo y sin pausa sobre un plato de freijoada, preparado por cuatro valientes mujeres en grandes ollas al fuego, ubicadas al fondo del recinto. Fue el mejor plato del viaje, lejos de la hipocresía turística kilómetros abajo y precios exorbitantes.

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Indio comido, indio bailado e indio amotro. Aunque si era una escuela de samba, tienen que haber profesores. En medio de la fiesta aparecen cuatro mujeres de ébano a concursar por cual es la mejor bailarina de samba del mes: sus piernas giran, se tuercen, intercambian, se desenredan. Entiendes cómo es que estos gigantes juegan fútbol: bailando. No se trata de técnica, se trata de estilo y gracia; de entretener y emocionar. Tres toques, “hágale papito así, mueva esto allá y tenga”, ya se defiende en samba o al menos, eso creían al tratar de explicarme cómo moverme. A lo lejos, una travesti manda un beso y mis compañeros me vacilan porque creo, que he sido pateado fuera del clóset.

Estaba en medio del carnaval sin siquiera ser febrero.

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Ya habían pasado horas. Es raro, en una buena fiesta el tiempo es lo menos importante, lo que menos se le presta atención. El sudor era incontrolable, la algarabía se sumaba con el paso de las cervezas y el brillo empezaba a aparecer más en la escuela, cayendo del techo gracias a muchachitos que en algunos años estarán abajo impregnados de lentejuelas y plumas. En el clímax de la fiesta, las cuatro mujeres que minutos antes estaban preparando la comida, salen vestidas impecables, ataviadas de perlas y oro, adornadas en trajes africanos que recuerdan porqué la sangre es más densa y porque lo que se hereda no se hurta.

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Plumas, baile, colores, brillo y más brillo. Niños, adolescentes y adultos, emergían detrás del escenario y ponían a brincar a más de uno. ¿Y tetas? ¡¿Dónde está lo prometido?! … yo, curioso digamos, quería ver una garota al frente mío cual fantasía de remota evidencia de heterosexualidad. No había terminado de pensarlo cuando pezones cubiertos de joyas de imitación hicieron salida en la pista, siliconas que por inercia misma dotada de algún cirujano, sostenían un puñado de pedrería meticulosamente dispuesto para cubrir lo decorosamente necesario. Habían pasado ocho horas y la batucada no había terminado de parar, no había parado de bailar y el brillo de caer.

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Creo que se me descargó la cámara o tal vez, me descargué yo. Recuerdo volver tarde al tren y regresar a Laranjeiras donde me estaba hospedando en Rio de Janeiro. Al salir a la calle al día siguiente, el sol estaba en el cielo, en el techo no habían banderas ni serpentinas y la resaca no sabía tan deliciosa como aquella vez. Había cruzado un límite a espaldas del Cristo Redentor donde los mapas turísticos no llegan. Ese día, ese mismo día, no dejaba de pensar en los olvidados que horas atrás me habían enseñado una Brasil diferente a la que un Carnaval podría mostrarme desde la gradería.

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3 comentarios en “Samba, desnudez, un garaje y Rio de Janeiro.

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