Arribar a Buenos Aires es adentrarse en una ciudad llena de historias, leyendas y relatos. Sus calles copadas de peatones que fluyen entre arquitrabes y cornisas son un libro abierto donde cada esquina tiene un párrafo por enseñarnos, sus parques se transforman con cada estación del año ofreciendo una alfombra verde para hacer ejercicio de verano o el escenario ocre para un beso otoñal. La ciudad es un regocijo gris donde se puede vivir desde una inclemente sudestada hasta los mejores rayos de sol aunque también es una ciudad que puede hablarte de la muerte de forma caprichosa y elegante ya que Buenos Aires tiene dos destinos cruciales más allá, mejor dicho, del más allá. Se trata de dos cementerios condensados de historias detrás de sus murallas: La Chacarita y La Recoleta, pequeñas ciudades para los muertos inmersas dentro de la urbe de los vivos. La Chacarita nace como cementerio por la epidemia de fiebre amarilla que asoló Buenos Aires en el siglo XIX mientras La Recoleta se transformaba en el lugar de descanso de los adinerados.

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La Chacarita se encuentra cerca al barrio Nuevo Colegiales y por supuesto, Chacarita. Llegar ahí es fácil pues está al frente de la estación Federico Lacroze aunque lo hice a pie, pateando las hojas amarillas que había dejado caer la gravedad a causa del otoño. Al llegar al cementerio no es fácil obviar un gigante altar de pañuelos y cintas rojas la esquina, amarrados artesanalmente a un árbol; se trata de un homenaje a Gauchito Gil, un icono popular con una numerosa feligresía en todo el país. Él, un gaucho criado en granja y adorador de San La Muerte, es venerado por poder efectuar milagros casi desde el mismo momento de fallecer. Su “canonización” en la memoria popular es gracias a que nace desde el pueblo, es uno más de los millones de argentinos.

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Al pasar su fachada de columnas dóricas, La Chacarita es un cementerio activo donde aún hay dolientes y flores frescas a la venta en los andenes. Sus modernistas criptas contrastan con monumentales mausoleos y panteones como el de la Policía Federal o la Asociación Española de Socorros Mutuos que nada tienen que envidiarle al Père-Lachaise de París. Es inmediata la tensa calma que invade el espacio entre sus callejones de mármol y piedra invitando al silencio. Luego caminar por sus grises senderos llegué a la esquina solemne donde cientos de personas dejan sus mensajes, flores y favores al zorzal criollo, Carlos Gardel. Pude pasar muchos minutos leyendo las decenas de placas conmemorativas y honrosas dejadas en sus paredes alabando al prestigioso artista, llevadas desde todos los rincones del mundo mientras una estatua sonriente se yergue del sepulcro con tanta galantería como en vida poseía Gardel.

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Mientras que el carácter de La Chacarita es precedido por la solemnidad, La Recoleta es caracterizado por la apostura. Si bien es una fracción mínima en extensión comparado con su vecino del oeste, La Recoleta condensa experiencias desde el instante mismo que entras a La Basílica de Nuestra Señora del Pilar a un costado del cementerio. El desprendimiento urbano comienza aquí, el caos vehicular y los peatones desaparecen para dar entrada al frío otoñal que te envuelve una vez pasas la entrada. Noté de inmediato que como destino turístico, La Recoleta es un museo de microarquitectura más que el propósito de un cementerio: la masa de sus mausoleos es la materialización de la importancia que posee el posible residente que alberga. Por eso mismo es fácil descrestarse con las tumbas de José Vicente Paz, el expresidente Mitre o la Familia Dorrego Ortiz Basualdo.

Mientras camino me siento vigilado siempre. No hay que ser supersticioso para ello, el cementerio está habitado por turistas pero también, por decenas de gatos que habitan ahí resumiendo la palabra lúgubre a su mínima expresión y casi, por coincidencia, me encuentro con una tumba donde una esbelta dama y su perro miran al horizonte.

“Liliana Crociati” me dice un barrendero. “Murió en un alud en su luna de miel, dicen que era muy hermosa”.

Liliana falleció en Austria y ese mismo día, su perro fallecía en Buenos Aires. Su padre desolado por la pérdida justo después de dar su mano, mandó a realizar un mausoleo con sus pertenencias más queridas y una estatua vestida de novia junto al can que tanto amaba.

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Esta historia palidece de tenebrosidad ante la tumba de Rufina Cambaceres, una dama en sigilo que vigila la entrada a su tumba queriendo abrirla, congelada en el tiempo. No es por más, la historia cuenta que días después de su entierro encontraron su tumba roída: Rufina había sido enterrada viva luego de fallecer durante la fiesta de su cumpleaños 19. Dicen que Rufina cayó en shock al enterarse que su madre era la misma amante de su novio, el futuro presidente Hipólito Yrigoyen. La escultura realizada después del macabro hallazgo, es una triste representación de su cruel final.

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La tarde abrigaba el laberinto, el cual estaba recorriendo sin prisa alguna. Superficies oscuras y porosas, algunas telarañas implantadas en viejos candados y viejos ángeles hacen compañía durante el recorrido. Un tumulto de personas indica que he llegado a mi tercera dama, aunque para muchos la primera dama Evita Perón. Luego de fallecer, el destino no fue clemente con sus despojos siendo ultrajados, escondidos y exiliados, terminando en Italia bajo un seudónimo. No fue sino diecinueve años después de su muerte, que su cadáver regresó a la Argentina y devuelto a la familia Duarte para darle sepultura.

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Ya el sol empieza a caer y bañar de naranja todo a su paso y de igual forma, las hojas de otoño siguen cayendo. Luego de volver a ver a las personas ocupadas en sus teléfonos, corriendo con prisa o tomando el bus, no era difícil evitar pensar en cuál sería el destino de cada uno de ellos. A lo mejor, luego de fallecer escribiremos más historia de la que pudimos haber escrito vivos.

2 comentarios en “Los dormidos de Buenos Aires

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