¡Que entren galopando los centauros! Que entren raudos esos hijosdeputa, que tengo un revolver calibre 40° de alcohol para despedazarnos. Quiero dejar sus cadáveres extendidos en el suelo, agonizando mientras jadean sangre hecha con tinta de amanecer.

¿Por qué de amanecer? Puede que me preguntes amigo mío. De amaneceres está teñido mi dolor y mi tristeza, de amaneceres tengo vestido el cuerpo moribundo que tantas veces ha visto como la luz corta mi oscuridad. Pasar cada noche, cada oscura y patética noche mientras la soledad atentaba riéndose parca contra mi nobleza.

No puedo negarlo, lo negué. El golpe malsano, hematoma en el orgullo, esa dialéctica de mártires. ¿Sabes amigo mío?, lo dejé largar: largar porque no se fue, se largó como las hienas cuando no tienen más carroña que roer. Pero no era una hiena cualquiera: estaba herida de muerte.

Cada día, cada hora y cada segundo compartido no se pueden repartir en pedazos y es el orgullo triste, este orgullo magullado el que niega la pérdida. Te carcome por dentro, consumiendo mariposa por mariposa que en algún momento revolotearon en mi pecho por su presencia. Te carcome como el dolor de una madre viendo a su hijo descender metros bajo tierra, impotente de no poder saber cuando su Dios pueda volver a reunirlo nuevamente.

¿Quién ese Dios? Pregúntaselo a las estrellas, rocas danzantes dejadas al azar. Pedazos de recuerdos flotantes, inertes, genios mudos que oyen deseos. Esas estrellas que dicen ser hijas de un creador pero son simple malnacidas huérfanas de la realidad y la extinción. Como esos recuerdos celestiales que algún día morirán en el cosmos, como ellas morirán las remembranzas. No sé cuando, no sé con quién. No sé si otras carnes u otros cuerpos logren arrepentir mis lágrimas en este cuerpo maltrecho.

La madre despedazada al final de sus días podrá padecer en su lecho pero siempre tendrá la esperanza de volver a ver a su hijo, en el paraíso menos incierto. Pero en esta infinita desgracia de razonar, no puedo confiarle la esperanza a la realidad. Y me resigno mi amigo, me resigno a que no puedo volver a tener sus labios, insultos y coqueterías. El cuerpo que alguna vez fusilé con palabras, yacerá metros bajo tierra, siendo abono de la culpa. Si aquella desgracia viviente me lee, espero que los gusanos lo estén carcomiendo muy lejos de los sueños que alguna vez tuvimos, que sagrados si fueron.

Recuerdo ese día, el día del asesinato. Miraba fijamente mis ojos que entre sangre transparente estaban agonizando. Cada momento y suspiro, cada hora, cada amargo trago solo dieron preludio a lo que mi orgullo estaba esperando: el poder tirar el cerrojo a una historia que no podía ponerse más oscura. No quería seguir alargando la agonía y no tenía morbo de saber que tan negras podían ser las páginas de nuestro idilio. Desempuñé palabras a filo limpio, lo enterré en su regazo: di tres patadas en su cuerpo extinto, ahuyenté a los buitres que ya se estaban presentando.

Desaparecí por un instante amigo mío, como el sádico que no recuerda cuando la adrenalina le droga la culpa. Volví a la escena del crimen, había un charco de lástima en el suelo manchando rápidamente mi espacio. Durante días los recuerdos se volvían centauros despiadados que no podría sino enfrentar con el capricho de usar el orgullo despedazado como arma. Cada recuerdo galopa día a día, matándome a sangre fría sin dejar rastro, burlones los generalísimos detestables.

Ya estoy cansado de batallar con este cuerpo lesionado al que el trago no ha podido hundir por mucho que he intentado. No recuerdo si queda centauro vivo, pero tampoco quiero saberlo para enfrentarlo. Las noches son batallas incansables, eternas y sangrantes que no dejan ganador ni vencido.

No sabes cuantas veces he profanado su cruz sobre la tumba en la que enterré su cadáver. Lo dejé a las afueras de la ciudad, en un lote baldío donde el avance no ha llegado, donde sólo los lamentos y las balas serán testigos de su desaparición.  No sabes cuantas veces he luchado para evitar que se escape, pero es inevitable que cuando duermo su fantasma ronde por mi litera, espantando otras carnes, alimentándose del pesar.

Sólo espero que la barrica donde se pudre el ágave, perverso elixir del olvido, logre perdonar mi egoísmo. Porque verás amigo mío, cada botella se ha vuelto el claustro de mi tristeza y así no me ha enseñado la vida. Soy un hereje en el crimen, pero no tengo ni pecado ni delito por el cual responderle a la muerte.

Mañana será un nuevo día y habrá una balacera en el ruedo. Le pido a las estrellas que su cadáver ya no exista entre la tierra, para saber si puedo volver a ver la luz del día sin sentirme herido.

Un perro ladra a la salida de este ataúd de borrachos perdidos, otro amanecer me pierde …

2 comentarios en “Crónica de un despecho a sangre fría.

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