Paso tras paso, traspasando la ciudad con los pasos y dejando atrás las huellas de los pies. Era un encuentro íntimo, certero, lúcido.

Para mi, llegar a Ibirapuera era mi Compostela y no podía dejar perder segundos en cada paso que daba para alcanzar a ver o deslumbrar lo que años atrás sólo veía en libros.

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Recuerdo mucho ese día, no fue el mejor de todos. Tuve una discusión fuerte y acalorada como cualquier colombiano al que le rompen el florero. Sin embargo, mi meta era sobretodo poder alcanzar el rayón verde que el horizonte me brindaba. Sao Paulo es un jungla de cemento, un territorio apoderado del gris oscuro que sólo un mal atardecer brinda. Su perfil, juego inconcreto de líneas, golpes y aristas es su leitmotiv urbano, su dialogo con el habitante.

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Cada paso me acercaba más al destino y ya encima pude lograr verlo. Un trazo diagonal, de unos 30° grados diría yo, que cortaba el paisaje con un blanco demasiado puro para una jungla de cemento. A la entrada, un grupo de muchachos reunidos con ropa informal, tocando instrumentos musicales y haciendo samba en armonía.

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Aun con la música atrás, llegué a la entrada. Qué preludio más emocionante para éste? Niemeyer tiene la habilidad de hacer bailar el concreto, de contornearlo como la silueta de una garota y de hablar de un país con la estructura de un edificio. Una lengua roja que invita a conocer la genialidad de alguien que cuadriplica nuestro paso por el mundo.

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No puedo negar que me emocioné hasta las lágrimas. Estar dentro y ver la fluidez con la que el edificio bailaba samba, saltaba entre paredes y techos. No hay esquinas en el espacio, no hay sensación de límites. Todo es un envolvente de alegría y fiesta diseñado por alguien de un siglo de vida. Esa era la genialidad de todo, de cómo un hombre más antiguo que muchos países se encontraba reflejado en un trazo que inició tembloroso y que ahora respiraba libertad.

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Luego de suplicarle a una señora del lugar que me dejara entrar en el edificio, logré mi cometido. Pude adentrarme en la obra y conocer más de este monstruo plástico que engulle orgullos ajenos. Niemeyer tiene la capacidad de intimidad bajo la sombra misma de la humildad que recae en su obra. Cada edificio, cada planteamiento es una expresión viva del país de origen. Todo se condensa en la mínima expresión del trazo, como si un niño dibujara en un bosquejo la primera idea que tiene en la mente.

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“Yo no diseño espacios, diseño emociones”, es la frase de mi vida. Jamás un arquitecto me había enseñado a diseñar una emoción como Niemeyer lo logró. Un adiós al maestro, que en paz descanse.

3 comentarios en “Una cita con Niemeyer.

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