Existen días en los que la disyuntiva se vuelve un acechador, donde no para de perseguirte y te acorrala en una pared, con una lanza de piedra apuntándote en la cabeza esperando a que grites o a que te defiendas; esperando a que actúes y demuestres quien cuanto valor tienes para enfrentarte.

Lo confieso, tengo miedo. Pensar en qué será de mí en el futuro me aterra y soy demasiado perfeccionista como para no temerle si las cosas no resultan como yo quiero. Solo me quedan tres pasos: tener que hablar, esperar una respuesta y empacar maletas; pero, ¿y si las cosas no resultan? Ese miedo al fracaso asalta, en demasía y no puedo dejar que el miedo me asalte y gobierne en mí, podría destruir con su tiranía lo que en mi democracia he logrado construir.

Llevo días así, tal vez años; sabrá el tiempo cuantos. Existe una angustia que se ve latente ya en mi delgado cuerpo y en aquella desagradable decoloración debajo de los ojos. Esa angustia que no me deja dormir algunas veces, solo imaginando como debo proceder eclosionó cuando llegó un día como hoy, donde la realidad me confrontó de buenas a primeras y cobró fortuna con lo que logró saquear en mi castillo, cual embestida mercenaria.

Hablé con alguien, algo que necesitaba; que algo siempre hago cuando los demás están en problemas pero que en rara y extremadamente vez pocos hacen conmigo. “Siempre” – me dijo- “siempre debes tener un margen de error. Las cosas, muchas de ellas no salen como te lo esperas y puedes que te decepciones. Por eso, debes creer en ti mismo y verás los alcances que puedes lograr” … y me lo dijo al oído, como si estuviera presente; se lo dijo a este monarca de una nación, perfeccionista que se atrincheraba en su palacio esperando que los gritos de la revolución cesaran.

Me encerré en mi cuarto, esperando a que los revolucionarios se calmaran, agobiado por tantos pensamientos que se agolpan en mi cabeza, esperando que la soledad de respuestas a lo que la complejidad sistemática de mis pensamientos sin salida no pueden. Apagué todo, me desconecté del mundo, me exilié en mi Santa Elena y me acosté a esperar a que mis emociones expresaran lo que mis decisiones no podían. Divagué entre sábanas, entre muñecos verdes, entre acordes islandeses y entre la oscuridad de los párpados esperando que los paisajes emocionales se aclararan y dejaran permear la luz del sol, de algún sol que pudiera revelarle a este viejo monarca una nueva patria.

Tras minutos de entresueño, de laberintos mentales inconexos a los cuales no le presté atención, desperté en mi cama esperando saber qué hacer. No hace mucho, hablé con un amigo y él me mostraba recuerdos de sus épocas de infante y adolecente; algo que no hice en esa ocasión porque esos recuerdos están guardados en un armario polvoriento que poco quiero mirar. Esta vez, errático y etéreo me resolví en equilibrarme sobre el suelo y abrir de par en par el bastión de los recuerdos, esperando esperanzado que algún vestigio de épocas vencidas pudieran revelarme o acompañarme en la angustia persa que rodeaba mis Termópilas mentales. Agarré el primer libro sobre la torre de recuerdos, lo sostuve en mis manos mientras me quedaba con su carátula engullida por el tiempo y desmembrada del cuerpo; cuerpo que en su primera página decía en letra manuscrita:

“Querido papá
Este documento contempla los documentos históricos más importantes de la vida de los Estados Unidos de América país que cada día progresa ante los ojos tímidos de las naciones latinoamericanas. Estoy seguro que te servirá de mucho.

Tu hijo, Francisco José

Marzo 29 de 1975, Bogotá”

Al voltear su primera página quedé simplemente helado, era la declaración de independencia de los Estados Unidos de América, firmada el 4 de julio de 1776.  Este libro, por alguna razón ha sobrevivido a más de un descarte a la basura. Confieso que, siempre he tenido ganas de arrojarlo o regalarlo, ya que esta desgastado, sucio y cuya información es fácil de encontrar en varios portales de internet, pero, por alguna razón me desafía, siempre lo conservé sin jamás leerlo.

No era casualidad que justamente, el 4 de julio del 2011 era la fecha elegida para mudarme de ciudad y declarar mi independencia. Todo comenzó con una noche de una fecha también simbólica el 11 de abril, donde hice un intento de golpe de estado que quedó en veremos. Aquel 11 de abril del 2008 resolví en una carta (que pronto publicaré) que debía algún día prepararme para la independencia definitiva y que tomará tiempo llegar a aquella meta que parecía cercana pero que no sabía cuan longeva y victoriana podría llegar a ser.

Sabía cuando era mi independencia, pero no sabía cómo.

Me senté en el suelo mientras comenzaba a leer el porqué de la declaración de independencia de los Estados Unidos de América. No pude evitar emocionarme y evitar esconder esa emoción ya que finalmente había encontrado la respuesta a tanta ansiedad. En efecto, descubrí que la causa principal de este largo padecimiento era que estaba dispuesto a soportarlos mientras los males sean tolerables, en vez de hacerse justicia aboliendo las formas a las que estaba acostumbrado. Debo tener la libertad y la sapiencia propia para disolver el conflicto de la paz y la razón de la emoción en mi propia república. Concertar alianzas, concertar la paz, establecer el comercio y efectuar los actos y providencias necesarios a los que debo tener derecho. Decidí pues que debía escribir mi acta de independencia.

Primero. Que yo escribo y ejecuto mi gobierno, que el gobierno viene de abajo, de la humildad y no de arriba, de la soberbia; que el propósito es el trabajar por la felicidad y el bienestar y que, en realidad, no tiene otro ni más elevado propósito.

Segundo. Que mi gobierno así constituido es un gobierno limitado: limitado en su poder y en el alcance de su poder. Que hay cosas que el gobierno no puede hacer, zonas en las que no puede entrar.

Tercero. Que el método más efectivo de limitar mi gobierno es la razón y la ley; que todo gobierno debe ser un gobierno según la razón y por la ley; que ninguna acción que haga está por encima de la ley y la razón.

Cuarto. Que en mi composición compleja, compuesta de muchas experiencias y diversas ascendencias y herencias, es esencial conciliar el decantamiento y la consolidación de la identidad. Que el gobierno debe entonces consignarse en constituciones supremas, claras y concisas, que los dictámenes de mis tribunales morales y éticos deben ser acatados y cumplidos por todas las ramas del gobierno y todos los elementos de mi sociedad.

Quinto. Que los principios tales como gobierno propio, o la libertad, o el bienestar no son estáticos, sino dinámicos; que año tras año, segundo a segundo ampliaré el concepto sobre la naturaleza de estos principios; que la función del gobierno es ampliar las zonas del gobierno propio, de la libertad y el bienestar.

Sexto. Que así como ningún hombre puede aislarse a sí mismo, tampoco puedo aislarme como nación, pues formo parte de una comunidad de naciones; de las cuales dependo, por razones peculiares, de otros pueblos y naciones con los que estoy vinculado; y que tienen, con la comunidad de naciones, obligaciones que no puedo desconocer y que debo cumplir y hacer que se cumplan.

Séptimo. Que todas las actividades de mi gobierno – y de hecho, todas las actividades sociales- son parte de un orden moral; que reposan en principios y normas morales; y que para ser válidas deben ser compatibles con ese orden y observar esas normas.

A esta hora, el empíreo hace su último parpadeo del día. Será mejor ponerme a trabajar.

______________

Cúcuta, domingo 29 de mayo del 2011

3 comentarios en “El acta de mi independencia

  1. Hay independencias que comienzan con un grito. Otras con una batalla campal librada para deshacerse de lo que no sirve o lo que se considera anticuado. Cada tipo de proclamación tiene sus fundamentos y sus matices, cada cual puede establecer sus normas. La vida es para vivirla y si uno está seguro de quien es y de lo bien que está haciendo las cosas, tarde o temprano va a llegar a donde es, a donde se merece. A veces los pasos son lentos y a veces se avanza mucho, no siempre es igual, ni siempre se mantiene el mismo ritmo, hay momentos que merecen su tiempo diferente. Toma tu bandera y reclama tu territorio: No te preocupes por el futuro, piensa en ser feliz ahora.

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