Tomó dos granitos de arena y los puso juntos sobre una manta de color carmesí que extendió en la playa. Él, estaba frío y sórdido al ver la paciencia con la cual ejecutaba sus actos, de manera cautelosa, de tal forma que cada movimiento de los labios fuese como un golpe preciso, ejecutado por una katana en la espalda de un invasor.

“Míralos, son solo dos granos de arena, iguales, estériles, sencillos, idiotas”, dijo la princesa.

El sultán, quien había viajado miles de kilómetros solo para reflejar su rostro en las pupilas de su amada, solo se quedó inmóvil al ver con cuanta belleza, la dulce mujer le recitaba al oído aquella dulce metáfora de los granos de arena.

“Dime, si no te soy sincera, ¿Cuántos mundos han existido tras de ti? ¿Cuántos reinos, cuantas historias, cuantas leyendas?”

El silencio lo decía todo por el sultán. Eso no era lo que el esperaba encontrar al verla. Esperaba un beso cándido, una caricia efímera o un regalo placentero que le recordara aquellos días donde jugaba con otros cortesanos con dulces y caramelos que sus súbditos le preparaban con alegría. Pero ese día era diferente, su amada estaba poseída por sí misma con la misma seguridad con la cual un guerrero desenvaina su espada, mientras el sol negro, eclipsado, ya estaba durmiéndose en las fauces del mar. No era lo que esperaba, ya se entrañaba en la costumbre el que ella lo esperara todo el tiempo posible para verlo llegar. Entonces, la princesa tomó los granos de arena y poniéndolos delicadamente en su dedo los enseñó frente a frente en los ojos de su sultán.

“Mira, existieron tantos instantes para que estos dos insignificantes se juntaran. Tú, que eres el rey de todo lo que el hombre ha podido ver, dime, si no es maravillosa esta coincidencia. Que haya existido tanto espacio, que haya existido tantos siglos, que haya existido tantas personas y tantos reinos y que acá, hoy estén reunidos, tan cerca.”

Trató de decir algo, pero muy sutilmente, cual beso inocente, la princesa puso su mano en la boca del sultán.

“¿Y sabes que es lo mejor de tanto placer inmaculado? Que a pesar de que la historia, nos ha regalado las cosas para que coincidiéramos, nunca existió voluntad de tu parte un segundo de tu tiempo para estar juntos. Ya las coincidencias se han acabado – exclamó la mujer -, ya cuando siento que me amas, mi amor no coincide con el tuyo.”

…. Shh. Solo los gritos del mar hacían compañía.

“¿Cuántos reinos, cuantas historias, cuantas leyendas?, todo arrojado al mar por tesis de un insignificante esfuerzo, unas insignificantes puestas del sol menos que hubieran cobrado al mundo una perfecta y magna coincidencia y bailar al unísono los dos, arrebatándole al tiempo ese lapso maldito de no haber coincidido el amar”

Entonces, la princesa puso su dedo con los dos granos de arena justo en los labios del sultán. Ahí fue donde el rey de todo lo visto por el hombre fracturó en su memoria el tiempo perdido. El arrepentimiento ya no era con ningún ser vivo, sino con su conciencia que le atormentaba y sus labios que, antes besaba una bella mujer y ahora eran hogar de dos estériles granos de arena.

La princesa, en cambio, tomó al sol de compañero y siguió su camino, en busca de otra coincidencia que supiera apreciar su transita belleza por aquel mundo lejano, mientras el mar afónico, le hacía canciones de cuna.

Basado en “Coincidir” de Fernando Delgadillo.

Managua, octubre del 2008.

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