En cierta parte me declaro enemigo de la arquitectura bioclimática. Para mí, es una redundancia en el ejercicio arquitectónico, algo que debe estar a priori desde la labor de diseño. Ahora en estos tiempos se ofrecen especializaciones en arquitectura bioclimática, sistemas de diseño con responsabilidad ecológica y demás, ya que en los últimos tiempos el ejercicio se ha visto empañado por su falta de propuesta para encarar al mundo de hoy.

Es comprensible. El mundo está viviendo una coyuntura ecológica preocupante que hace que día a día más personas trabajemos desde nuestras herramientas para arreglar un planeta que manifiesta síntomas de deterioro. La humanidad desde la revolución industrial ha vivido un avance tecnológico sin precedentes pero al mismo tiempo ha utilizado de manera desmedida los recursos que el planeta ofrece, a tal punto que se ha transformado en una reacción en cadena de distintos comportamientos anormales en la tierra. La revolución industrial no solo dejó secuelas a nivel climático sino también transformó los comportamientos humanos. El hombre postindustrial tiene poca consideración con hábitat natural y bajo un comportamiento plástico donde el producto de consumo es elaborado rápidamente a tal punto de considerarse desechable, se intercambian los procedimientos que antes estaban presentes en la labor humana. El hombre postindustrial se acostumbró a buscar soluciones coyunturales a problemas creados por la industrialización y rápida producción del producto, sin tener en cuenta cuanto esto afectaba al medio ambiente.

Existe una razón que explica porqué el hombre postindustrial poco le importó la responsabilidad que él ejercía con la sobreutilización del producto. Las condiciones políticas y económicas del siglo XIX y XX generaron un modus vivendi del humano que caracterizó y marcó por completo la forma de desenvolvimiento urbano: la individualización. Debido a diversos factores coincidenciales, la figura del humano como personificación individualista ante una sociedad se manifiesta durante el siglo XIX como no había pasado en siglos pasados. . Corrientes filosóficas como el liberalismo, el anarquismo y principalmente el existencialismo así como eventos puntuales tales como la Declaración de los Derechos del Hombre, crearon y reforzaron el patrón individual ante el colectivo, incluso al punto de generar confrontación entre estos dos términos. La ciudad postindustrial se transformó en un colector de habitantes, en un sumun de individuos perdiendo su calidad de territorio colectivo, de sociedad conjunta. Es justamente por esto que en el siglo XX, nacen corrientes políticas como el comunismo y posteriormente el socialismo, por respuesta de sociedades que vieron necesaria la creación de otros modelos de sociedad antagónicos a aquel que la industrialización había forzado a crear.

La sobre-individualización (donde se piensa que el producto puede ser desechado sin tener en cuenta en gran parte su efecto) se debe a que cada persona considera absurdamente menor el daño que se crea. Pueden estar conscientes que su comportamiento causará daño al ambiente pero no toman acciones porque ven insignificante dicho daño ante la magnitud del planeta. El problema viene cuando este comportamiento es multiplicado por más individuos causando un problema de orden mayor que es difícil de controlar hasta que aparezcan consecuencias palpables como el calentamiento global, por ejemplo.

Este comportamiento de consumo también está traducido en la arquitectura, como en cualquiera de las otras labores que el ser humano desarrolla. En la arquitectura siempre ha existido una conexión sabia con el planeta desde tiempos remotos, el ser humano supo primitivamente utilizar recursos naturales para aplicarlos en su propio espacio. Los egipcios guardaban y enfriaban alimentos en cuartos excavados en el suelo o las moradas trogloditas de Capadoccia, Turquía. Sin irnos tan lejos, justamente en las ciudades latinoamericanas que están asentadas en clima caliente, es normal ver en construcciones antiguas, altos techos y ventanales con rejillas en lo alto para que el aire caliente saliera de la casa a causa de los vientos favorables; así como en las ciudades frías tenían pocos aleros y mayor distancia entre calles para que el sol fuera disfrutado más tiempo y pudiera calentar los muros para tener un clima más cómodo a causa de la transferencia térmica. La capacidad del arquitecto de pensar en el ambiente se perdió ante la facilidad que representó construir y ejecutar proyectos resolviendo los problemas bioclimáticos como algo coyuntural, creando un edificio plástico, en serie, sin serio conocimiento del lugar de emplazamiento –incluso- descuidando factores tan simples como la orientación del sol.

No considero justo el término “arquitectura bioclimática”, ya que debe ser implícito en la labor del arquitecto, como un elemento básico y constante en todo lo que hace. “Arquitectura bioclimática” es en resumen, una arquitectura común y bien hecha, tal y como se ha venido haciendo desde hace miles de años por reducción lógica. El término se ha transformado incluso en una moda en el medio actual, dándole plusvalía a los elementos arquitectónicos solamente por el hecho de ser “bioclimáticos”; hemos llegado al extremo ridículo y absurdo de vender el producto arquitectónico a un costo más alto solo por el hecho de tener el rótulo “bioclimático” impuesto en sí. Ridículo y absurdo es porque la arquitectura con responsabilidad ambiental ha existido desde siempre y no es un elemento que históricamente aumente la plusvalía de las edificaciones; lo ridículo y absurdo aumenta cuando una edificación desprovista de un diseño inteligente y responsable con el medio ambiente no pierde valor o calidad en significado –por ejemplo- de la cantidad de metros cuadrados que posee o del sitio donde está construida.

La semiótica de lo bioclimático debería estar y ser en la misma labor arquitectónica impartida bajo un comportamiento neo-industrial (hablo de neo-industrial como comportamiento y fenómeno social en donde la tecnología es preconcebida, pensada y aprovechada con responsabilidad ambiental) pues es del ejercicio de la arquitectura pensar de manera eficiente en la creación de espacios para el deleite del ser humano, dependiendo de los recursos más simples que nos ofrece el ambiente para crear espacios completa e íntegramente comprometidos con el usuario, el medio y el territorio donde se implanta.

Medellín, septiembre del 2010.

Un comentario en “Bioredundancia

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